Agencias

Justo hoy, hace 69 años, Roger Waters comenzó a construir su historia, y de ser un tipo atormentado y condenado al suicidio o, de menos, al fracaso existencial, por un triste pasado y un futuro nada halagador, pasó a convertirse en el arquitecto del sonido del grupo británico Pink Floyd (de 1965 a 1985) y en el contructor de una obra que, a la postre, le ahorró muchas horas en el diván sicoanalítico… el álbum The Wall (1979).

El 6 de septiembre de 1943 en Surrey, en el devastado Reino Unido por los bombardeos nazis en la Segunda Guerra Mundial, nació quien sería voz y bajo de la alineación de rock progresivo más famoso del orbe.

Pero en aquel entonces Waters era otro hijo huérfano más de la guerra, al perder a su padre en el campo de batalla cuando apenas tenía cuatro meses de edad, para quedar confinado al cuidado de su sobreprotectora madre y de profesores autoritarios, que erigieron a un ser colmado de traumas, miedos, enfermedades y rencores a la vida.

Así, Waters enfrentó a una gran pared contra la que estrelló su neurosis en uno de los más grandes álbumes conceptuales de todos los tiempos (The Wall), que mantiene vigente su mensaje, sonidos y hasta imágenes (incluidas en la película homónima de Alan Parker, de 1982) a 30 años de haber levantado y derrumbado el muro que todos metafóricamente creamos en nuestras vidas, a veces existencial y otras físicamente, como el de Berlín, Palestina o el de la frontera entre Estados Unidos y México.

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El mensaje de The Wall es universal, libertario y por siempre joven: No necesitamos ninguna educación/ no necesitamos que controlen nuestros pensamientos/ ni sarcasmo oscuro en el salón de clases/ profesores dejen a los niños en paz.

Paradójicamente, el sistema educativo oficial tanto en México como en EU no siempre ha estado a la altura de las exigencias y necesidades de un estudiantado que a las aulas no sólo asiste para recibir información útil para su vida productiva, sino también urgentemente requiere de comprensión de un método sino divertido sí atractivo para realmente aprender.

Esto Waters lo supo desde sus añoz mozos y hoy es un ser exitoso y, sobre todo, respetado en la música. Incluso con su recién terminada gira mundial en torno a The Wall se embolsó más de 160 millones de dólares, siendo el tour más redituable del promer semestre de 2012, y así a golpe de ladrillos en escena pasó de cómodamente insensible a confortablemente millonario.