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Texto: J. Pablo Delgado Berman / Fotografía: Robin Canul Suárez

jpdeberman@multimedioscampeche.com

La tarde era gris en la ciudad de Campeche. Las gotas de agua refres­caban un día caluroso, y la fe de los campechanos desbordaba a tal pun­to que ni la tormenta eléctrica, ni las calles o ropas mojadas, estuvieron siquiera cerca de detener lo que ya pintaba como una tarde-noche de celebración.

“Lo bueno fue que sacamos el pa­raguas grande”, dice la señora Azu­cena a su mamá, mientras se refugian de la lluvia debajo de una sombrilla negra, a las afueras de la Catedral de Campeche, al igual que otros varios cientos de fieles creyentes.

Ni los truenos ni la persistente lluvia fueron suficientes para doble­gar la fe católica y hacerla desistir de su intención de celebrar la Con­sagración de la Diócesis del Sagrado Corazón de Jesús. Tampoco fueron suficiente para evitar que se desfila­rá honrando al santísimo por las ca­lles del Centro Histórico.

“Llueve, truene o relampaguee aquí estaremos honrando a nuestro señor Jesús”, comenta la señora El­sy, quien sin importar su avanzada edad, hizo parte del recorrido por las principales calles del primer cuadro de la ciudad, y esperó bajo lo que ya al inicio de la noche se perfilaba co­mo una llovizna.

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Gritos de júbilo, oraciones, soni­dos de petardos que en el cielo ex­plotaban, todo era parte de la fe que se sentía bajo la lluvia campechana.

Después de un largo y sufrido, pe­ro jubiloso peregrinar, el ídolo final­mente llegó a casa.

Escoltado por cientos de fieles, en Catedral fue recibido con fervor por quienes le esperaban tanto dentro, como fuera del templo.

Fue ahí, que Jesús se unió a la ma­yoría de sus discípulos, quienes lo siguieron y esperaron mojados. Fue ahí que Ramón Castro, Obispo de Campeche, decidió, después de es­cuchar a su rebaño, que la misa se llevara a cabo afuera, bajo las gotas de lluvia que refrescaban la tarde a mitad de junio.