En la época virreinal las ceremonias mortuorias eran prácticas religiosas que se celebraban con pompa y solemnidad. Mientras los personajes pudientes eran enterrados cercanos al altar mayor de las iglesias, los otros encontraban asilo a las afueras de los templos. Más tarde, con los postulados del higienismo,  hubo un cambio en las prácticas mortuorias, pues ante el posible brote de enfermedades –por el contacto con los cuerpos putrefactos–, las autoridades ordenaron la creación de un camposanto ex profeso para cementerio público de la ciudad.

Con la repartición de solares en la primitiva Ciudad de San Francisco de Campeche, –donde en la mayoría de casos el Templo contaba con amplio atrio en el que se hallaba el cementerio, una huerta y casa cural–, también nacieron los barrios de San Francisco, compuesto por nativos mayas; Centro, poblado por blancos y españoles; Santa Ana, por negros y pardos y finalmente, San Román por los naboríos.

El trazado urbano de estos barrios respondía a la necesidad de reproducir en América los preceptos y modelos de la traza urbana española, en la cual, sus habitantes podían “vivir juntos pero no revueltos”

Desde  1539 Carlos V permitió que los vecinos y naturales de las Indias pudieran ser enterrados en los monasterios o iglesias sin que se les pusiera impedimento alguno.

De hecho, los concilios provinciales mexicanos también hablaron sobre la materia. El primero, celebrado en 1555, estipuló la manera en que se debían realizar los entierros dentro de la iglesia, insistiendo sobre todo en que las tumbas se hicieran a ras del piso para evitar incomodidades a los fieles que acudían a los oficios divinos.

El tercer concilio, celebrado en 1585, también señalaba en la manera como se realizarían los entierros y funerales, estableciendo que los sacerdotes debían asistir a ellos y celebrarlos ‘gratis’ en los casos de personas pobres.  Fue por ello que a lo largo del periodo colonial, los lugares de entierro se situaron en los centros de los poblados; es decir, en los conventos, iglesias y capillas de los hospitales, así como en sus atrios-cementerios.

A partir de entonces, la Iglesia se convirtió en la protectora de esos lugares y también se reservó el derecho de autorizar quiénes podían ser enterrados; estipuló que en esos recintos no se podría enterrar a los excomulgados, protestantes, suicidas, cómicos o comediantes.

Durante el Campeche virreinal las bodas, los nacimientos, bautizos y entierros eran mucho más que simples acontecimiento cotidianos, en torno a estos eventos el aspecto normativo, social y religioso se reflejaba en el registro –muchas veces pormenorizado- de la situación legal de la persona, su origen o casta, su sexo etc., mismas que permanecen plasmada en los viejos libros parroquiales.

Los camposantos, eran vistos como espacios consagrados destinados de manera exclusiva a los creyentes católicos. La elección del sitio de entierro estaba determinada por criterios religiosos. El costo del mismo aumentaba de acuerdo con la cercanía que el espacio guardara respecto al altar mayor, disminuyendo hasta llegar a las puertas y al cementerio, lugares destinados a los pobres y a otros “miserables”, que se enterraban “de a gratis”. (Alma Victoria Valdés Dávila, Tumbas y cementerios en el siglo XIX, 2010, pág 25).

El control que la Iglesia mantenía sobre camposantos, altares y sitios de entierro estuvo vigente en todo el periodo colonial y era administrado por los párrocos, siendo auxiliado en el caso de los entierros en los altares por los miemmros de las mayordomías y cofradías quienes muchas veces gozaban del privilegio de ser enterrados ahí.

El sitio para el descanso eterno

Las diversas formas enterrar a un difunto se diversificaron al paso de los años, en Campeche las excavaciones realizadas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia dan cuenta de ello. La ubicación de los entierros nos ofrece un panorama amplio, posible de analizar a detalle.

Para el siglo XVII era necesario dotar de un espacio individual y visible, algunas veces era usual la separación de los sepulcros de acuerdo con el sexo y edad, su nivel económico, y otros factores como su importancia como laico.

En Campeche al igual que en la Nueva España, se desarrollaron las costumbres funerarias desde la época Colonial, entre ellas destaca la forma de ubicar los restos fúnebres y los cobros o derechos eclesiásticos que hasta el siglo XVIII y parte del XIX se mantuvieron en los libros parroquiales.

De acuerdo a los libros de entierros, los espacios más exclusivos se ubicaban cercanos a los altares. El espacio del altar mayor, se consideraba idóneos para obtener protección divina, así como sufragios e indulgencias que reducían el tiempo de estancia en el purgatorio. Los entierros en el templo también eran considerados de ‘caché’, donde únicamente accedían los fieles con una reputación intachable, muchas veces elevada a la santidad.

Asimismo estos espacios privilegiados estaban reservados en primera instancia a los religiosos, personajes civiles u autoridades, y posteriormente a los miembros de las cofradías con prestigio.

De acuerdo a las evidencias encontradas, en los entierros existió el pago de derechos correspondientes que era necesario sufragar previo a las honras fúnebres; los espacios destinados a los restos mortales de los fieles tenían carácter temporal; los derechos para el entierro no se extendía al terreno ni le concedían el usufructo vitalicio puesto al paso de los años y a la saturación de estos espacios “reservados” los restos eran exhumados y enterrados en el templo en espacios destinados como fosas comunes, que se convirtieron en osarios de diversos fieles de diversas épocas.

Los primeros pobladores del barrio de San Román, carecieron de elementos que permitieran identificar su lugar de descanso y la evidencia más relevante es que no existen lápidas de los siglo XVI y XVII, es hasta mediados del XVIII encontramos un elemento identificativo, permaneciendo durante 200 años las sepulturas en el anonimato. Muy posiblemente las formas de identificación pudieron ser cruces de madera o elementos perecederos que aunque enaltecían las “honras fúnebres” desaparecían una vez concluidas.

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Con la penetración del poder político y religioso así como la capacidad de la parroquia para imponer sus criterios sobre el conjunto social, en el siglo XVIII, apareció el uso de lápidas mortuorias con inscripciones que muchas veces indicaba el sitio de la sepultura y las expresiones de honra al difunto tales como mensajes o dedicaciones a semejanza de las piras o túmulos funerarios.

La religión cristiana adoptó una antigua costumbre de la sepultura greco-romana, pero prohibía la cremación de los cadáveres y después del desarrollo de la arquitectura formal estilística en los principales templos del mundo cristiano, se incorporaron los armazones o cubiertas profusamente decoradas para  honrar la memoria de los nobles: reyes, gobernantes y religiosos: santos, mártires, obispos y laicos de renombre.

Entonces las lápidas vinieron a resolver la problemática para identificar un lugar del descanso eterno, y hoy son clara evidencia histórica del pasado que nos permite conocer más de estas costumbres funerarias en el Campeche colonial de los siglos XIX al XX.

Las lápidas

En los libros de entierros del siglo XVII a principios del XX, encontramos la presencia de lápidas como elementos distintivos para marcar el lugar del descanso eterno, entre las que encontramos algunas de mármol blanco y gris, así como de barro cocido, algunas menores de mármol rosa y madera, en el que se reza el nombre del difunto, su fecha y su relación familiar.

La secularización

La primera iniciativa para el establecimiento de cementerios extramuros nació de los antecedentes proclamados por el rey Carlos III quien  expidió una cédula para circunscribir el derecho de entierro en los templos a aquellos difuntos a los que la Iglesia reconocía “procesos de virtudes y milagros”. Posteriormente, en las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX atestiguaron una tendencia creciente al alejamiento de los muertos del centro de los poblados.

En ese periodo también se hizo manifiesta una nueva sensibilidad ante la muerte, perceptible en las expresiones de secularización del cuerpo muerto y en el deseo de persistir en la memoria de los vivos a través de una tumba individual, visible y con inscripción. En efecto, al declinar el siglo XVIII, lo que parecía “santo” y “habitual” pasó a convertirse en una amenaza para la salud.

Al paso de los años, llegaron a la urbe campechana nuevas corrientes ilustradas de orden, progreso e higiene que tendían a la trasformación de las prácticas toleradas durante el periodo colonial, tales como los entierros en inmuebles sacros como los templos intramuros como la Parroquia principal, Dulce Nombre de Jesús, Ex Templo de San José, y San Juan de Dios y en extramuros estaban  San Francisco, Santa Ana, San Román, Santa Lucía y Samulá.

Con la existencia de la legislación vigente señalada, los cementerios fueron objeto de cambios jurídicos que afectaron su condición de espacios religiosos consagrados por la Iglesia, convirtiéndolos en espacios bajo el cuidado del orden civil, este proceso de laicización de los espacios de sepultura fueron parte del ordenamiento del presidente Benito Juárez en 1859, donde se ordenó el cese de la intervención eclesiástica en los cementerios.

El Campeche tuvieron que pasar varios años para el cumplimiento de las disposiciones reglamentarias en materia de cementerios, aquí el Ayuntamiento respaldó el argumento de proteger la salubridad pública, el decoro y el ornato de la ciudad.

Con esa finalidad, se tomaron una serie de medidas  para  establecer un cementerio general extramuros donde se sepultara a todos los muertos.

La ubicación de ese nuevo sitio, se destinó a las afueras del barrio de San Román, en el camino antiguo que conducía al Hospital de leprosos “San Lázaro” mejor conocido como el lazareto, camino que corría paralelo al mar, hasta el pueblo de Lerma, puesto en servicio en 1821.

Dicho camposanto construido con los restos de la Batería de San Fernando (conocida en sus inicio como Batería de San Roberto de acuerdo al plano de Juan José de León en 1781). La obra del nuevo cementerio se había planeado como obra civil relevante desde principios del siglo XVIII, que buscaba hacer cumplir la normatividad existente respecto de las prácticas mortuorias, era imposible transformar una práctica religiosa y hacerla como una actividad civil en manos de las autoridades.

La influencia de un cambio en las prácticas mortuorias fue inspirada por todas las ideas científicas que buscaban la salud y bienestar de la población, siendo preocupación de las autoridades, a efecto de evitar las amenazas.

historia de campeche funerarios 2

Con el vaivén de los años y a pesar de la disposición civil de la creación del nuevo cementerio general, este no iniciaba la construcción, por la pugna existente entre la autoridad civil y religiosa. La iglesia católica en la ciudad, había catequizado a sus fieles de tal manera que muchos consideraban indispensable que sus restos mortales descansaran en un lugar santo y no veían con buenos ojos el traslado de sus restos mortales a espacios “comunitarios”; en la parroquia principal, los hombres y mujeres más importantes de la vida social y política, habían tenido un espacio digno para el descanso eterno.

Para el siglo XX, el cementerio general de la cuidad fue denominado como cementerio de San Román y en él gran parte de la población buscó ser enterrada. Con el pasar de los años, en este lugar capillas y mausoleos se hicieron presentes para honrar a importantes campechanos. Algunos trasladados en aquella carroza fúnebre de metal que recorría las calles del centro hasta dicho cementerio adornado con guirnaldas en honor al difunto, tradición que se perdió en los años 70, sin embargo, dicho panteón, sigue llenándose de flores cada temporada de muertos.

Coord. Luis Angel Ramos Justo
luarju@gmail.com