Durante siglos, el origen de la Luna fue un misterio al que intentaron dar solución un gran número de científicos de todo el mundo. Uno de los primeros en atreverse a lanzar una teoría fue George Darwin, el hijo astrónomo del padre de la evolución. Según él, nuestro satélite pudo formarse a partir de un fragmento separado de la Tierra, cuando todavía era una bola fundida en rotación.
Esta teoría de la fisión, propuesta a finales del siglo XIX, permaneció vigente hasta que en 1946 el geólogo canadiense Reginald Aldworth Daly describió otra totalmente diferente, que podría ajustarse más a la realidad. Según él, un planeta del tamaño de Marte, al que más tarde se bautizaría como Theia, pudo impactar contra la Tierra, provocando que esta volviera a transformarse en la anterior esfera fundida, lanzando en torno a ella grandes cantidades de materia. Posiblemente, la mayoría de esta materia volvería a su lugar, como un boomerang, pero una pequeña proporción pudo reagruparse dando lugar a la Luna. Esta teoría es la más aceptada a día de hoy, especialmente desde que en 2014 un equipo de investigadores de la Universidad de Gotinga llevó a cabo un estudio en el que se confirmaba con alta probabilidad, a partir del análisis de la composición de las rocas lunares recogidas por los astronautas de las misiones Apolo.
Ahora, un grupo de científicos de la Rice University, de Houston, establece en un estudio publicado hoy en Science Advances que ese impacto no solo originó la Luna, sino que pudo ser también el responsable de la aparición de los elementos que hicieron posible la vida en la Tierra.
Durante años, la ciencia ha tratado de desentrañar qué mecanismos llevaron a que afloraran en la tierra el nitrógeno, el carbono y otros elementos volátiles, que facilitaron que se pudiera vivir en ella. Sin embargo, su origen había sido un misterio.
Una de las teorías más aceptadas hasta el momento era la del “revestimiento tardío”, que apunta a que meteoritos ricos en materiales volátiles, procedentes de trozos de la materia primordial del sistema solar exterior, llegaron a la Tierra después de que se formara su núcleo, depositando en ella algunos de estos ingredientes esenciales para la vida. Sin embargo, si bien es cierto que la proporción de los elementos volátiles presentes en estas piezas, conocidas como condritas carbonáceas, es prácticamente la misma que la de la Tierra, el caso del carbono y el nitrógeno es diferente. Esto se debe a que en las capas más externas de la Tierra, la corteza y el manto, hay aproximadamente 40 partes de carbono por cada parte de nitrógeno, mientras que en las condritas carbonáceas hay solo 20.
Agencias.
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