Cosmopolitas. Ciudadanos adinerados en frac, iluminación callejera y servicio de tranvías fueron hacia finales del siglo XIX y principios del XX, los síntomas más ostensibles de la modernidad que se respiraba en ese entonces.
Cosmopolitas. Ciudadanos adinerados en frac, iluminación callejera y servicio de tranvías fueron hacia finales del siglo XIX y principios del XX, los síntomas más ostensibles de la modernidad que se respiraba en ese entonces.
LUIS ÁNGEL RAMOS JUSTO
OFICINA DEL CRONISTA DE LA CIUDAD
Hoy en día no se puede concebir la vida sin el moderno servicio de la luz eléctrica, pero esto no siempre fue así, pues en los siglos pasados, este rubro representó un salto técnico con el pasar de las centurias.
El siglo XIX fue testigo de transformaciones de cara a un mundo burgués con la proliferación de servicios urbanos, mismos que representaron un vivo interés para las autoridades quienes serían las encargadas de proveer de estos elementos a la vida cosmopolita de la ciudad decimonónica. (Lillian Briseño Senosian, “La fiesta de la luz en la Ciudad de México”, 2004, pág.92).
La autora Eulalia Ribera Carbó sostiene que “los servicios públicos son la expresión de cambio que van acompañados por las disposiciones de los ayuntamientos y la construcción o habilitación de edificios como hospitales y casas de beneficencia”. Por ello, fue una obligación de los municipios, siendo entonces el Ayuntamiento el encargado de proporcionar la luz en toda la ciudad.
A principios del siglo XIX, Campeche era una ciudad oscura, pues el servicio de iluminación nocturna apenas existía con algunas lámparas de barro con aceite que los campechanos solían colocar en las puertas de sus casas; la hora de encenderse era al oscurecer y la de apagado era tan pronto rayara el día.
Fue en 1815 cuando el Gobernador de la Provincia de Yucatán, Manuel Artazo, envió una propuesta a las Cortes Españolas para instalar el alumbrado público en Campeche y sus barrios, ante la preocupación por la seguridad de los ciudadanos.
El objetivo era la colocación de 200 faroles, pero finalmente la Comuna estableció impuesto sobre fincas urbanas para financiar el proyecto, pero la autoridad determinó que la cantidad de bombillas era excesiva y se redujo a noventa y cuatro. No sabemos si los resultados del proyecto cumplieron las expectativas de los organizadores.
Años más tarde, a partir 1862, el municipio celebró arreglos con diversos contratistas particulares privados, por medio de concesiones por un periodo de tres años, a cambio, estarían obligados a instalar y mantener el servicio, para lo cual se les delegaba un pago acordado por la autoridad.
El empresario tendría el compromiso de costear los gastos de mantenimiento de los faroles y sus lámparas, así como de reponerlos si hiciera falta, y de pagar los sueldos de los empleados encendedores; al mismo tiempo sería su responsabilidad corregir sus defectos o mal funcionamiento.
Estas medidas eran con la intención de mejorar el servicio; con esta idea, en 1863 se cambió el combustible del alumbrado de la ciudad por el de petróleo, esta disposición deja ver la voluntad de las autoridades y la Comuna por modernizar el ramo.
Tiempo después, en 1872, se extendió el servicio de alumbrado público hasta los barrios de Guadalupe, San Francisco y San Román que, de acuerdo a los impresos de la época: “Esta mejora va contribuir con el embellecimiento de aquellas localidades la cultura de los habitantes y la necesidad de establecer dicha mejora estaban reclamando imperiosamente su planeación”. (La discusión, Periódico Oficial del Gobierno del Estado, n.412, 29 de Noviembre de 1887).
El extendido del servicio a extramuros estaba vinculado a la idea de mejorar el ramo y, por consiguiente las condiciones de la localidad; sin embargo, debido a las carencias económicas, el servicio fue mejorando paulatinamente, sin cambios espectaculares hasta inicios del siglo XX.
Fue en 1883 cuando se tuvo la voluntad de mejorar el ramo, de hecho, en ese año se elogiaron las intenciones del Ayuntamiento por mejorar el alumbrado, pero también externaba las dificultades, pues la carencia de los materiales en en el mercado local fue una una realidad apremiante.
A pesar de las dificultades técnicas, mejorar el servicio de luz representó una constante; con esta idea, siguiendo las innovaciones tecnológicas de ciudades como Londres, París, Hannover, Berlín o Barcelona -que remplazaron el alumbrado de petróleo por el de gas- la ciudad de Campeche, en su afán de ser partícipe de la modernización en el servicio, también experimentó este ideal con el proyecto que se tenía en junio de 1885 para iluminar la ciudad por medio del gas fluido, lo cual significaría un adelanto técnico para el rubro.
El empresario encargado de realizar esta mejora fue Ramón Monasterio, a quien se le concedió un terreno ubicado en el hospital de San Lázaro, en las afueras de la ciudad.
Como ayuda, elMunicipio le suministraría los gastos de la mano de obra, transporte y salarios para trabajadores y operarios para la construcción de las instalaciones. A pesar de ello, esta mejora se quedó en el olvido y, como dice el historiador Juan de Dios Pérez Galaz, “no volvió a ocuparse del asunto quedando en mismo sin pasar a la categoría de proyecto” (Juan de Dios Perez Galaz, Diccionario Geográfico Histórico y Biográfico de Campeche, 1980, pág.11).
Hacia el último cuarto de siglo, como parte del afán por modernizar el país, el régimen de Porfirio Díaz planteó el uso de la electricidad para el alumbrado de las ciudades, esto debido a que países como Inglaterra y Estados Unidos hacían ensayos para aplicar esta innovación en la iluminación de las calles, sustituyendo el alumbrado de lámparas de gas por el de bombillas, lo que representó para esa época el símbolo del progreso.
Motivado por la idea progresista, la administración de Díaz vio con buenos ojos la introducción de este sistema en el país, y para ser parte de los nuevos adelantos de la Nación, las localidades se tuvieron que adecuar a este parámetro, esto debido a que “la electricidad era el símbolo más evidente del progreso y de su modernización, esta energía se convertiría en el símbolo de la ciudad, porque ella era el símbolo de la ciencia, del progreso, y de la civilización” (Lillian Briseño Senosian, “La fiesta de la luz en la Ciudad de México”, 2004, pag.96).
Con esta idea, en 1889 se tenía la intención de contar con alumbrado eléctrico especialmente en la Plaza de Independencia, con la inversión del municipio para su establecimiento.
“Se autoriza al Ejecutivo para invertir la suma de 6 mil pesos en el alumbrado eléctrico para la Plaza de Independencia de esta ciudad, pudiendo contratar las obras necesarias” (Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Campeche, n.5, 5 de febrero de 1889).
Desde entonces, la parte más iluminada de la ciudad fue el recinto amurallado, especialmente la Plaza, debido a que representó el sitio mejor conservado de la ciudad, además de ser el escenario de concentración del poder civil, el sitio donde se reunían las clases acomodadas y el espacio moderno para la convivencia.
Como se puede apreciar, a lo largo de la historia del servicio de la luz en la ciudad, proyectos y contratos no faltaron por mejorar el sistema de iluminación callejera; sin embargo, ninguno se concretó.
Finalmente, a pesar de todos los desatinos, en abril de 1909 se instaló en la ciudad de Campeche el servicio de alumbrado eléctrico a cargo del empresario Lorenzo Speyer. Fue inaugurado durante el 42 aniversario del asalto y toma de Puebla por el General Díaz. El edificio de la ‘Compañía de Luz y Fuerza Eléctrica de Campeche S.A.’ se ubicó en la calle Juárez, número 1, del barrio de Santa Ana, muy cerca de la Alameda.
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