Pieza clave. Durante el periodo colonial el puerto campechano fue punto estratégico para el flujo de mercancías producidas en Nueva España, a través de una red comercial integrada por Veracruz-Campeche-Habana.
JOSÉ MANUEL ALCOCER BERNÉS
CRONISTA DE LA CIUDAD
Situado en la península de Yucatán, el territorio de Campeche se convirtió desde muy temprano en un punto estratégico para el flujo de mercancías producidas en Nueva España, a través de una red comercial integrada por Veracruz-Campeche-Habana, para posteriormente ser enviadas a la metrópoli.
Un área muy grande del actual estado de Campeche, siempre se caracterizó por ser abastecedora de productos de origen agrícola, pues en sus tierras se daban en gran medida efectos alimenticios como el maíz, el chile, calabaza y frijol. De igual manera, en la región crecían especies madereras de la mejor calidad y sobretodo, de un gran valor comercial; como el cedro, caoba, roble, chicozapote y el más preciado de todos; el palo de tinte o Palo de Campeche (Haematoxylum campechianum), que crecía en abundancia en la zona sur; hoy Palizada y Carmen.
La importancia de éste producto radicó en producir un colorante utilizado por la industria textil, pues contiene una sustancia llamada hematoxilina, la cual es capaz de teñir los tejidos de algodón o lana y brindarles tonos que van desde el negro, azul, rojo, violeta y amarillo. Características por las cuales el palo de tinte se convirtió durante el siglo XVIII, en la manzana de la discordia entre las potencias industriales, que necesitaban de materia prima para cubrir las demandas del mercado textil.
Dada la vasta extensión del territorio yucateco la reducida población que lo habitaba y la falta de una guardia costera encargada de la vigilancia de sus costas, desde la segunda mitad del siglo XVI sus costas fueron constantemente asediadas por incursiones piratas, siendo la villa de San Francisco de Campeche, una de las más frecuentadas por los ladrones de mar. Quienes encontraron una fuente de riqueza en la parte sur del actual Estado, en la zona de la Laguna de Términos en dónde además de encontrar refugio contra los temporales, explotaron los maderas tintóreas de dicha región.
La villa de San Francisco de Campeche fue fundada en el año de 1540 por Francisco de Montejo (El Mozo), quien la dotó con la calidad de puerto; situación que marcó el rumbo de la economía local y regional. Debido a su excelente posición geográfica, la villa de Campeche se convirtió desde muy temprano en un punto fundamental para el desarrollo del comercio marítimo, no solo de la región de Yucatán, sino de la Nueva España en general. Puesto que muchas de las embarcaciones que salían con destino a la metrópoli tenían como punto intermedio el astillero de Campeche.
Ésta cualidad de puerto importante no tardó mucho en pasarle factura a Campeche, quien quedó expuesto en la mirada de personajes sedientos de riquezas. Piratas y corsarios de mayor renombre desfilaron por las costas campechanas, saqueando todo cuanto podían y muchas veces retornando por más. Razón por la cual la necesidad de dotar con defensas a uno de los principales puertos de la Nueva España resultó imperante para el gobierno local.
Un recinto amurallado que reforzara a los bastiones de San Benito, San Bartolomé y el llamado bonete, que habían sido construidos hacia inicios del siglo XVII. Pronto surgieron diversos proyectos para defender la villa, pero no fue sino hasta la mitad del siglo XVIII, que tomaron la forma que actualmente conocemos. Siendo reforzada durante la primera mitad del siglo XVIII con los fuertes de San Miguel, San José, San Lucas, San Fernando, San Matías y San Luis logrando que la plaza de Campeche se convirtiese en la mejor defendida en territorio novohispano.
Si bien Campeche se posicionó como uno de los principales puertos de la Nueva España, dicha situación no mejoró del todo la economía del mismo, puesto que la mayor parte de las riquezas generadas no beneficiaron a la población local, ya que quedó distribuida entre unos pocos.
Entre los siglos XVI al XVIII, España mantuvo una política mercantil muy estricta. Las opciones de negocios se reducían, puesto que las colonias tenían prohibido comercializar entre sí, teniendo como único destino a España en Europa. Con lo cual, no sólo se disminuían las alternativas de negocios, sino también la variedad de productos y se dificultaba el acceso a puestos públicos.
Ésta rígida posición adoptada por la corona española, fue el caldo de cultivo que propició que el desarrollo de actividades de carácter ilícito proliferan a lo largo y ancho de sus posesiones en América. Campeche no escaparía al desarrollo de actividades contrabandistas, realizadas incluso por los altos mandos de la villa.
El comercio de balandra permitía un beneficio tanto para los comerciantes como para los habitantes de la villa. Por un lado, éstos podían introducir mercancías consideras como prohibidas (cerveza inglesa, loza china, tabaco y aguardiente de la habana) o bien, evitar pagar los elevados impuestos que la corona española disponía para diferentes bienes y así venderlas a bajo costo. Por otro lado, los habitantes de la villa podían disponer de una gama de mercancías que no se encontraban dentro del comercio legal. Debido al volumen mercantil, la gran afectada era la Hacienda española, pues durante mucho tiempo la corona española mantuvo un sistema comercial demasiado cerrado, lo cual le había costado perder terreno en cuestiones mercantiles en comparación a Inglaterra y Holanda, quienes desde finales del siglo XVII contaban con una considerable flota naval.
Ante tal escenario y al ocurrir la transición de los Habsburgo a los Borbones de la casa gobernante en España a comienzos del siglo XVIII, la situación mercantil de la Corona española no volvió a ser la misma, pues para el año de 1778 se publicó el Reglamento y aranceles reales para el comercio libre, el cual otorgaba la facultad a los puertos españoles habilitados al comercio de poder realizar transacciones comerciales con los de América, por lo tanto el de Campeche resultó beneficiado pues fue nombrado puerto menor.
Con la promulgación de éste reglamento se le ponía fin al monopolio que había establecido Cádiz, con la finalidad de estimular la economía de la Corona mediante la promoción de la agricultura, navegación y la industria. Ante tal situación, muchos puertos resultaron beneficiados pues sus redes comerciales se vieron ampliadas y por otro lado, aquellos muelles que habían manejado la mayor parte del comercio durante los dos siglos anteriores, calificaron éstas acciones como ruinosas para la economía de la Corona pues vieron disminuidas sus ganancias. Sin embargo, a partir de entonces el flujo de mercancías entre las colonias españolas fue mucho más constante y dinámico.
El cerrado sistema económico con relación a las Indias, establecido por la Corona española desde muy temprano el siglo XVI, fue pieza clave para el desarrollo de actividades de giro ilícito, como lo fue el contrabando. La excesiva cantidad de impuestos a las mercancías y las muchas limitaciones para la realización del tránsito mercantil, sumado a la posición privilegiada de los españoles para desenvolverse en actividades comerciales y la prohibición de entrada de productos de origen diferente al español, se convirtieron en los elementos que permitirían arder de la llama de
la actividad contrabandista. Ya que era éste comercio el único que permitía a la población poder hacerse de mercancías que de otra manera resultaría imposible o bien, adquirir productos permitidos dentro de la legislación comercial española, pero a un costo mucho mayor.
Éste tipo de comercio, por sus afectaciones al erario público español fue condenado en reiteradas ocasiones, pasando por el decomiso de la mercancía aprehendida hasta la pena de muerte. Sin embargo, el contrabando fue muchas veces permitido incluso por los mismos gobernadores, administradores de aduana y demás funcionarios, quienes veían beneficios en el desarrollo de ésta actividad. Sin duda alguna, quien resultaba más afectado por la existencia del comercio ilegal era la Real Hacienda española, pues debido a ésta actividad no lograba recabar los ingresos que, de ser introducidos de manera legal, le dejaría grandes cantidades de dinero.
Por otro lado, el contrabando resultó ser una válvula de escape que permitía la dinamización del comercio peninsular así como la diversificación de los productos existentes dentro del mercado local. A su vez se convirtió en la llave que abrió la puerta a los personajes de la élite local para obtener mercancía de muy buena calidad, pero que por la restringida legislación comercial española eran de carácter prohibido.



