En Campeche vivimos inmersos en una estacionalidad que es completamente adversa a nuestro progreso, donde permanecemos y no permite tengamos una adecuada conexión con el exterior, nos encierra en nuestro propio mundo y no deja percibamos con suficiencia las afectaciones externas que existen en el país o el resto del planeta, mismas que inciden en nuestro crecimiento. Nuestra existencia transita por un entorno donde hemos reconstruido las murallas de ideas, tiempo y problemas que generan un círculo vicioso que nos limita y no permiten una interacción adecuada con la globalidad y el desarrollo.
Si hay algo que no nos gusta a los campechanos es precisamente que nos digan que hacemos las cosas al revés. Quizá esto no sea algo exclusivo y en muchas regiones existan poblaciones con características similares que tengan el mismo tipo de afectaciones, pero lamentablemente el mote nos los endosaron desde hace mucho tiempo, tal como el cuento de la “cubeta de cangrejos” y otros que no son agradables de escuchar. Que mejor nos conozcan por nuestra afabilidad y gentileza que la campechanía nos describe.
Ante las constantes inundaciones y en consecuencia las afectaciones a la población, por muchas décadas se demandó la necesidad de que la ciudad capital de nuestro Estado contara con un sistema de drenaje que canalizara los escurrimientos pluviales y evitara estos problemas. En muchas administraciones de gobierno se analizaron las posibles soluciones pero siempre se postergaron las gestiones y decisiones toda vez que significaría un gran costo económico y político; la realidad es que muy pocos consideraron factible cargar con esa problemática y tiempo tras tiempo quedó archivado el proyecto. Finalmente se tomó una decisión valiente y se emprendió esa “Mega” obra, exponiéndose al escrutinio público y la crítica abierta a su construcción, al tiempo que sus consecuencias y afectaciones generaron una irritación colectiva pocas veces vista, precisamente porque pocas veces se toman decisiones progresistas en nuestro terruño. Entonces, demandamos obras pero después nos quejamos si se construyen. La memoria colectiva, que es efímera, recordará que lo mismo sucedió con la construcción del drenaje y cableado subterráneo del Centro Histórico, la restauración de fachadas del mismo, el drenaje de la Ría de San Francisco, Montecristo y la Universidad, el nuevo Malecón, el relleno de Ah-Kim-Pech, los colectores y plantas residuales del Malecón, la Avenida Colosio, las modificaciones de la Gobernadores y Central, la remodelación de los parques de San Román, Guadalupe, San Francisco, San Martín, Santana, Principal, y muchas otras obras que siempre generaron molestias y conflictos grandes a la población pero que finalmente en la gran mayoría resultaron proyectos de mucho beneficio colectivo.
Y cómo explicar a la gente que se ve afectada por lo que representa un avance en el progreso de la población en general que tendrá que sacrificarse para que todo mejore. La realidad es que ahí incide mucho de lo que podemos decir no hacemos en el orden adecuado por no planificar ver solo sus costos políticos, y no los sociales y económicos.
Es aquí donde solemos hacer las cosas al revés, justamente lo contrario de lo que la lógica diría y terminamos haciendo mayores afectaciones de las que deberíamos. ¿Por qué hacen dos veces la misma calle que ya habían reparado? ¿Por qué no se informa el completo de las afectaciones con tiempo? ¿Por qué no se transparentan los proyectos y se democratizan las decisiones? Preferiríamos pensar en la mayor parte de las veces es en aras del progreso y no por intereses más oscuros.
Y es que cómo vamos a creer que se hagan construcciones con una logística absurda y que las opiniones, aún de expertos, no tengan ningún eco; la lógica y razón no se confunde y obvian errores que después tratan de ser justificados con los pretextos más infantiles… “Se talaron esos árboles de medio siglo porque estaban viejos y enfermos”, “Llegó la basura al mar porque la gente es muy sucia y tira los desperdicios” no porque a la obra le falten trampas para evitar llegue al mar todo lo que el agua trae desde los cerros y limpia en los escurrimientos por toda la ciudad.
Así también es común, y no exclusivo del gobierno, hacer proyectos sin estudios de mercado, impactos ambientales, consideración de regulaciones y otros detallitos. Primero hacemos la obra y después queremos forzar a que esta sirva y tenga resultados positivos, sin haber hecho ningún análisis costo-beneficio. Ayer se hizo un gran Centro de Convenciones, ahora queremos que por “obra del Espíritu Santo” se llene, decimos que hacen falta hoteles para alojar gente y no pensamos que lo que nos sobran son cuartos vacíos; mañana vamos a querer que al terminar de edificar la “nueva muralla” inmediatamente se inunde de turistas la ciudad, sin haber hecho un estudio para saber si esa obra ayudaría a la atracción de visitantes antes de poner la primera piedra.
Cuántos negocios no hemos visto que abren y al poco tiempo cierran, simplemente porque generaron un producto que no tiene un mercado definido para su consumo. ¿Qué es primero? Si bien, no se puede ser adivinos para conocer los resultados anticipados de los proyectos, existen un sinnúmero de herramientas de simulación de escenarios, pronóstico, planeación y factibilidad que ayudan a disminuir los riesgos y dar mayor certidumbre a las inversiones. Es común en el campo sembrar productos que no tienen ningún mercado de consumo, por qué no mejor se siembra por contrato o se estimula la producción que tiene una razonabilidad comercial. Se hacen leyes desvinculadas de las actividades económicas o en su defecto cuando finalmente se promulgan ya son obsoletas porque no previeron que los escenarios son cambiantes y las leyes deben ser aplicables a todos y tener atemporalidad. Preparamos a nuevas generaciones de estudiantes en carreras que no tienen cabida en la capacidad de empleo de la entidad. Se hacen presupuestos de ingresos y egresos que solo contemplan valores incrementales pero no se consideran a partir de cero lo que será un ejercicio de aplicación de recursos en base a necesidades planificadas, dando como resultado una falta de liquidez.
Si a todo esto le sumamos lo que sucede “extramuros”, todos los factores externos de competencia y globalidad, simplemente nos damos cuenta que en Campeche vivimos nuestro propio mundo… ¡Al revés!
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