Los 451 años de historia se resumieron ayer en un profundo sentimiento marcado por lágrimas, sonrisas, aplausos, cánticos y, sobre todo, miradas de fe.
No fue para menos. El ‘negrito’ que durante tres semanas había estado expuesto a la veneración en su santuario, en el barrio de San Román, fue bajado nuevamente de su altar para realizar la tradicional procesión por la bahía de Campeche, en reordatorio de su llegada desde el puerto de Veracruz, donde fue adquirido por el comerciante Juan Cano de Coca Gaitán, en 1565, fecha desde la cual, año con año, se le recuerda con gran fe y devoción.
Ayer, el amor, la fe y el fervor por el Cristo Negro fueron derrochados por los feligreses campechanos durante una tradición que sigue viva entre personas de todas las edades.
Fue desde las primeras horas de la mañana de este domingo cuando comenzó a llegar la gente a la parroquia. Entre olor de incienso y el aroma de la ruda y albahaca inició un recorrido emocionante, saliendo de la iglesia de San Román para tomar el Malecón hasta llegar al muelle de San Román, donde ya lo esperaba una embarcación que lo iba a llevar a su paseo por un mar azul, tranquilo, pacífico.
Durante el trayecto los feligreses fueron entonando cánticos. Los “Viva el Señor de San Román” sonaban a cada momento. La imagen del negrito mostraba un rosto de alegría, con una vestimenta de blanco y negro con motivos del traje típico de Campeche, con bordados de hilo negro en punto de cruz, inspirados en las flores de la cebolla y calabaza.
En el recorrido que duró más de dos horas estuvo presidido por el Obispo, José Francisco González, el presidente municipal Edgar Hernández, y su esposa, la presidenta del DIF Municipal, Enna Ortiz, así como la reina de la Feria.
El Cristo Negro iba custodiado por una valla humana, quienes no podían contener las emociones. Muchos conductores y transeúntes que pasaban por el lugar tampoco pudieron ignorar el acontecimiento y se bajaron de sus autos para tomar una foto.
Los pescadores, que acompañaron al Cristo, rogaron en el trayecto por la bendición del santo, por tener buena pesca y, sobre todo, por guardar sus vidas. Ambas peticiones no son nuevas. Cuanto en 1563 una plaga de langostas azotó a la región, el Cristo Negro llegó para acabar con la peste. Cuando los marineros que traían la imagen se creyeron perdidos ante una tormenta, fueron milagrosamente salvados. Esos milagros son los que, como cada año, ruegan que se repitan en sus vidas.
Wilmer Delgado Rojas
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