La transfiguración de Jesús acaece “seis días después” de la profesión mesiánica de fe hecha por Pedro (Mt 16,16). Jesús lleva al monte a tres de sus apóstoles (Pedro, Santiago y Juan), donde ellos tendrán un anticipo de la gloria pascual y una ratificación, en la voz del Padre, de la verdadera identidad del Hijo. No se dice cuál sea el monte, aunque la tradición (desde el Siglo IV) lo identifica con el monte Tabor. Esta montaña tiene una altura de 560 metros sobre el nivel del mar. Todo esto tiene como finalidad reforzar la fe vacilante de los discípulos.
El rostro de Jesús es resplandeciente, pues es un hombre justo a los ojos de Dios (Cf. Mt 13,43). Él es el Nuevo Moisés (Cf. Ex 24; Dt 5). La luz resplandeciente es un anuncio de la futura resurrección. Junto a él comparecen Moisés y Elías; es decir la Ley y los Profetas, quienes son testigos de la revelación que el Padre hace de Jesús a la humanidad.
En las palabras que se oyen dentro de la revelación se alude a tres textos del Antiguo Testamento (hay que recordar que la Escritura atestigua que Jesús es el verdadero Mesías); a saber: Sal 2: donde se habla de la entronización del Mesías; Gen 22,2: Se alude a Isaac, el hijo muy amado; e Is 42,1, con el Cántico del Siervo sufriente y obediente, en quien Dios se complace.
Pedro quiere hacer tres tiendas. Equipara a Jesús con Moisés y Elías, pero la verdadera tienda del encuentro entre Dios y el hombre es Jesús. Es Él, quien lleva a cumplimiento la ley y los profetas (Mt 5,17), es la palabra plena y definitiva para escuchar.
Hay una diferencia sustancial entre la voz que se escucha en la escena del Bautismo y esta. En el bautismo la voz celestial se dirige a Jesús; en la transfiguración se dirige a los discípulos, a fin de que comprendan la identidad del Maestro y le sigan.
Los apóstoles no pudieron soportar esa revelación, por eso “cayeron rostro en tierra”, pero la palabra de Jesús los levanta y los hace resurgir: “Levántense y no teman”. En la Transfiguración los discípulos “tienen miedo”, porque lo que están viviendo es “ver a Dios”, y a Dios no se le puede ver y seguir viviendo (cf. Ex 33,19; Lev 14,13).
La suerte de Jesús es el sufrimiento, subir al Calvario. El Tabor está en estrecha conexión con el Calvario. Los discípulos están llamados a participar de esa vocación oblativa. Pero ahora, los discípulos llevan en el corazón la luz del Tabor, que les permitirá reconocer en los rasgos del Desfigurado su rostro más brillante que el sol.
Monseñor José Francisco González.



