Vigilantes. El primer cuartel de gendarmes durante el siglo XIX se ubicó en la Atarazana, que en ese entonces estaba unida al viejo Palacio de Gobierno, mismo que actualmente se reconstruye en el Centro Histórico.
LUIS ÁNGEL RAMOS JUSTO
OFICINA DEL CRONISTA DE LA CIUDAD
Respetados, y en algunas ocasiones vituperados, los policías hoy por hoy son los encargados de proporcionar seguridad a los habitantes de alguna región determinada.
Pero esa función surgió desde el pasado siglo XIX, época que, además de ser escenario de diversos conflictos, trajo consigo una profunda revolución de las ideas en las cuales el pensamiento ilustrado forjó la formación del estado liberal que se tradujo en elementos como la soberanía, la legitimidad del poder público, la división de poderes, la libertad y los derechos del hombre (Juan Ramírez Marín, Seguridad Pública y Constitución, 2003, pág. 12-13).
Estos nuevos enfoques rápidamente permearon a las sociedades occidentales desplazándose después al mundo entero. De ahí surgió la seguridad pública como una organización destinada a imponer regularidad, control, orden y uniformidad a las ciudades.
En Campeche, los integrantes de las fuerzas del orden social primeramente fueron llamados ‘gendarmes’ y tenían como función la supresión y represión de los vicios y excesos de la sociedad, así como el velar por la seguridad y bienestar de la población.
Con base en las fuentes bibliográficas, nuestra ciudad poseyó, desde 1866, la primera legislación concerniente al gremio policíaco, el cual sufrió modificaciones en 1873; sin embargo, fue hasta esta última fecha cuando el Reglamento de Policía confería al cuerpo de gendarmes una responsabilidad sobre el cuidado en la imagen de la ciudad.
De acuerdo a la legislación de 1866, la policía estaba encargada de preservar a sus habitantes con las más favorables condiciones higiénicas de la ciudad, proveer el ornato y belleza de las poblaciones, velar por su mayor y más apetecible arreglo y comodidad, así como la composición de las vías urbanas (La discusión, Periódico oficial del Gobierno del Estado de Campeche, n. 394, 15 de mayo de 1874).
De acuerdo al enfoque de autores como Eulalia Ribera Carbó, la policía era una estructura encargada de velar por el bien y seguridad de la comunidad con funciones de “perseguir a los malhechores, vigilar a vagos, a los jugadores, a los desconocidos en el pueblo, y aprehender a los que faltaren a la moral pública” (Eulalia Ribera Carbó, Herencia colonial y Modernidad, 2002: pág. 226).
Desde luego, si existía un cuerpo encargado de reprimir los males en la sociedad, también existían los delincuentes, aquellos que iban en sentido contrario al progreso, y que en palabras de la autora Nydia Cruz Barreda, eran el “cáncer de la sociedad que debía ser extirpado; al criminal se le veía sin esperanza de regeneración” (Nidya Cruz Barreda, Indígenas y Criminalidad en el Porfiriato, 2001: pág.52).
Centinelas. En la imagen, un gendarme custodiando la entrada al muelle de la Aduana Marítima en 1940
Por ello, el Reglamento de Policía, expedido por el gobierno del estado, publicado el 27 de abril de 1888, confería al rubro encargado de vigilar la ciudad, la capacidad de perseguir todo juego de azar, las prácticas morales, el buen cuidado de las construcciones, las rutas del tranvía y la recolección de basura.
Pero también se pretendía normar la conducta de los ciudadanos; en este sentido, debían mostrar la cultura y civilidad, tanto en sus hábitos así como en sus habitaciones.
Una publicación de uno de los rotativos más influyentes del siglo pasado, refiere la preocupación de las autoridades por mantener las buenas costumbres en la ciudad.
En la edición impresa del 14 de mayo de 1893, de El Reproductor Campechano, se criticaba la mala costumbre de la sociedad campechana de organizar las tradicionales ‘tertulias’ en las banquetas, impidiendo el tránsito de los peatones.
Como éstas, un sinfin de peticiones en la prensa exhortaban a los encargados de la paz social a vigilar que los jóvenes no dijeran palabras obscenas y también denunciaban la poca vigilancia al pudor de los vecinos de gran parte de la ciudad.
Estas editoriales y artículos plasmados en rotativos de la época, reflejan la percepción de los gendarmes en el desarrollo del progreso, quienes con su función de centinelas del orden garantizaban el buen desarrollo de la vida citadina.
Finalmente, con el pasar de los años, los organismos encargados de la seguridad fueron reorganizándose y aumentando sus filas. Asimismo, estas fuerzas de policía que eufemísticamente se decían encargadas de cuidar y asegurar a tranquilidad pública, también custodiaban el buen decoro de la imagen urbana de la ciudad decimonónica.



