
¡¡Hola!!
A veces me pongo a pensar en la manera como desperdiciamos el tiempo y no aprovechamos el momento que estamos viviendo.
Tenemos esa tonta manía de decir: “ya quiero que llegue verano”… estando en febrero; o “por favor que ya sea diciembre”… y todavía es septiembre.
Vaya manera de no apreciar o valorar el día, mes y año que estamos viviendo en ese momento. Solamente piensen y verán que vivimos adelantados, sin disfrutar el presente.
Con esta pequeña introducción quería empezar la columna de hoy, porque bien viene al caso la expresión tan comentada anteriormente en estos días, y es: “ya quiero que llegue el día de los pibipollos”.
Vaya frase, hace a más de uno sentir el antojo y las ganas de comer ya tan preciado platillo. En días pasados llegó el tan esperado momento, la tradición de comer, cenar y hasta desayunar al día siguiente este manjar de dioses.
Todo empezó el viernes, y puedo asegurar que hay todavía varios que siguen comiendo y degustando de estas delicias.
Comer pibipollo, merienda, tamal de x’ pelon, dulce de papaya, dulce de calabaza, dulce de pan, pan de muerto, cocotazos, dulce de camote, majablanco, arroz con coco, merengues y hasta donas forman parte de la tradición que yo he vivido y comido en estas fechas a lo largo de mis años de vida.
Podremos todos comer lo mismo en estos días, pero no me pueden negar que cada quien tiene su estilo o preferencia para tan preciado banquete. Por ejemplo: ¿pibi enterrado o al horno?… al horno. ¿Refresco, chocolate o café?… refresco (light de preferencia). ¿Comer los dulces antes de comer el pibipollo o después?… ¡antes! Así es mi manera de comerlo y mientras estoy escribiendo, inmediatamente llegan a mi mente momentos e imágenes de cómo en todo este tiempo he sobrevivido a tanta comedera.
Nada como llegar a casa de la abuela, abrir las ollas de los dulces, meter la mano para sacar el dulce en cuestión y quemártela por andar de desesperada. O ver que saquen los pibis enterrados y marcados con piedritas para poder distinguir cuáles son los que tienen picante y cuáles no.
Ver que la abuela luce cansada por la desmañanada de ese día, para que la familia completa pueda disfrutar de esta tradición y reconocerle que, a pesar de toda la friega, ella sigue íntegra, porque para ella no hay nada mejor y más satisfactorio que ver que sus hijos y nietos estén felices de compartir el momento con ella.
Saber que siempre tratará de consentir a todos y cada uno y que lo único que tiene paga para ella es el abrazo y beso de cada uno de los ahí presentes.
Escribir de esta tradición y no nombrar a mi abuela, sería imperdonable. Ya que es de los momentos más marcados que llevo en la memoria en estas fechas.
Los tiempos han cambiado, ahora es fácil encargarle a alguien que te haga los pibipollos para comer en casa, pero los que hemos sido afortunados de vivir esta tradición como realmente lo fue creo que somos pocos, y nos llenamos de nostalgia al saber que aquellos tiempos ya no volverán, pero están guardados, y los hacemos presentes cada noviembre.
Poner en el altar fotografías de la gente más querida que se nos ha adelantado, escuchar como amenaza: “no vayan a agarrar ningún dulce de la mesa (altar) hasta que recemos”, “no pasen junto al horno que se pueden quemar”, “ya vengan a comer”. Frases y más frases que recuerdo y que hacen un festín de momentos e imágenes en mi cabeza. Me alegran y me hacen sentir una persona afortunada y agradecida con dios por el día a día.
Y agradezco -hoy más que nunca- la oportunidad de vida para seguir disfrutando cada noviembre, mis dulces tradicionales de la fecha, pibipollo horneado, mi refresco light y la compañía de mi abuela. ¡Te quiero Nancha!
Nos leemos el próximo domingo. Les mando besos. ¡Ba-bye!



En Voz de la Experta
