Analista político, conductor y productor en Telesur, y colaborador de EL EXPRESO desde su fundación. Estudió Comunicación en el Instituto de Ciencias Sociales de Mérida.
En 1997 dejé mi posición directiva en un medio local para salir a cubrir la campaña como reportero porque se había cooptado a los reporteros que cubrían la campaña de Layda Sansores. Era la elección entre González Curi y Sansores por la gubernatura de Campeche. Debo decir que entonces, como hoy, tuve la certeza de que la hija del “Negro” representaba un paso atrás por la fama pública y cómo se inculcó el ejercicio político en su familia. Me consta en lo personal.
Sería deshonesto negar que Layda ganó esos comicios. La razón por la que Tony fue candidato del PRI se desvaneció cuando hubo que “hacerlo” ganar. Las mañas del PRI fueron superadas, en esos días, por las del PRD. La elección fue un cochinero y hoy, a dos sexenios de distancia, Layda quizá hubiera evitado la confrontación política que el gobierno de González promovió y cuya intolerancia y enormes complejos lo llevaron a enfrentarse casi con todos.
Los días de la rebelión poselectoral dejaron claro lo que los campechanos no merecíamos y que obtuvimos por la polarización política. Según los enterados, Layda desistió de su protesta cuando le entregaron 380 ó 400 millones de pesos que habría invertido en su campaña y que le serviría para sostener su infraestructura política cercana. Antonio pagó y a todos nos costó más que dinero.
Fue decepcionante la conducta de González: filtró la ubicación del llamado centro de espionaje, instalado por el levantamiento armado de Chiapas –fue orden presidencial- y preámbulo de lo que luego serían los C4, como hoy se les conoce. Layda intentó usarlo políticamente pero a ella la usaron para la revancha de Tony y el deslinde de su antecesor. Sigue siendo material de golpeteo político.
Para Tony, las cintas y las escuchas clandestinas se volvieron obsesión: pasaba horas escuchando las pláticas privadas para luego actuar públicamente contra quienes escuchó lo criticaban o censuraban. Cansado de oírlo trató de usarlo y la denuncia contra ambos, presentada por Layda, la usó para operar políticamente y trató de hacerse a un lado con el apoyo del entonces presidente del Congreso, Jorge Luis Lavalle, y el diputado federal Ramón Santini Pech, para enjuiciar solo a Azar. La petición a Arturo Núñez Jiménez, coordinador priista en la LVII Legislatura, que conocería el juicio político, no prosperó. No lograron la traición y Núñez operó para evitar un mal mayor porque conocía de la instalación de esos centros en todo el país.
Entonces, Layda operó lo mismo que hoy acusa: compró votos, operó la intimidación, repartió despensas y usó las trampas que usaba su padre. Layda Negrete narra, valiente, lo que ella vivió en los días del sansorismo.
Layda, sin embargo, no está equivocada al pedir que haya una democracia que se respete. Tiene razón como la tiene una ciudadanía que ve que sus políticos, sus autoridades llegan para enriquecerse, no resuelven los graves problemas que los aquejan y no cumplen sus ofertas de campaña. Cada año hay más pobres en el país porque los políticos, incluida Layda, sólo se ocupan de su status.
Grave que quienes nos gobiernan usen el fraude, el dinero público para sacar ventaja, pero igual de grave es que se viole la ley tratando de hacernos creer que es en defensa de la gente. Falso. Layda sólo encarece, igual que en 97, la negociación y para ello viola la ley, violentado la propiedad privada y actuando como si fuera una autoridad que no es. Su actitud destruye lo mismo que dice perseguir: legalidad y respeto.
Su actuación política es polémica y cuestionable, pero también es producto de sus propias decisiones y nadie tiene que aceptar su conducta como si fuera un acto de fe. Es responsable única de lo que hace, pero arrastra a quienes, después de todo, no tienen fuero y sí pueden pagar legalmente las consecuencias de los actos que la senadora justifica y hasta provoca.
Layda no dudó en 97 en comprar conciencias y ofrecer “favores” y recursos. Su coordinador de campaña, Alvaro Arceo Corcuera, llegó al extremo de golpear al columnista por preguntarle si usó fondos del Congreso para su hotel, si usó fondos del Tribunal Superior para enriquecerse, si haría pública su declaración patrimonial, si no usó alguno de sus cargos para falsificar juicios y documentos. El golpe fue la respuesta.
Layda es el catalizador de mucha frustración, disgusto y encono. La gente está harta de vivir mal y de no encontrar respuesta a sus exigencias, pero Layda no es demócrata aunque no dudo que ella sí lo crea. El martes les contaré cómo dinamita los acuerdos que podrían cambiar Campeche.




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