Francisco López Vargas
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Francisco López Vargas

Analista político, conductor y productor en Telesur, y colaborador de EL EXPRESO desde su fundación. Estudió Comunicación en el Instituto de Ciencias Sociales de Mérida.

@elnegrito_63

Legitimidad

Voces, Viernes 19 junio, 2015 a las 3:33 pm

Alejandro Moreno Cárdenas ganó su elección para gobernar Campeche con una diferencia de votos del 8.7 por ciento al obtener el 41.8 por ciento contra 33.1 por ciento de su más cercano competidor, Jorge Rosiñol, del PAN.

Para su satisfacción, es el único priista que logró esa contundencia electoral en el país, sobre todo si se ve lo que hoy sucede en otras entidades donde el tricolor pelea el triunfo: poco más de 500 votos son la diferencia en Colima mientras que en San Luis Potosí el contraste no llega a dos puntos porcentuales de ventaja.

Si se ve al detalle, sólo en Campeche el predominio priista es superior, lo que no sucede en otras entidades que ganó el tricolor en las elecciones del pasado 7 de junio.

Las cifras, en todos los casos: Sonora, Guerrero, Colima y San Luis Potosí se apretó conforme fueron pasando los cómputos y Campeche, como se vio, no fue la excepción. Sin embargo, la diferencia en el porcentaje final de votos le permite al candidato con constancia de mayoría la tranquilidad de que no hay elementos para anular su elección, como acepta la presidenta del PAN.

Lo que fortalece la victoria de Moreno se encuentra en el disgusto de los demás priistas: la oposición ganó seis ayuntamientos: cinco el PAN y uno Morena; además, de que el Congreso local refrendó la cantidad de diputados de mayoría que consiguieron, básicamente PAN y PRI, lo que hace redundante una suspicacia que, para convertirla en complot, tendría que ser muy sofisticada.

La fortaleza de Moreno está precisamente en los triunfos que logró la oposición. Eso desarticula los argumentos del fraude o le da un grado de sofisticación impresionante a un resultado en el que la gente votó, cuidó el voto e hizo los conteos. ¿Aún se pueden manipular los votos en las casillas, rellenar ánforas y robárselos o inhibirlos?

Los resultados electorales del domingo mueven a más reflexiones sobre lo que realmente sucedió. Un ejemplo, el alcalde de Champotón, seguidor fiel de Moreno, censurado hasta la ignominia por su gestión, no fue factor para la derrota de Raúl Uribe, cuyo triunfo debe verse con ojos analíticos más detallados porque en Hecelchakán, otro alcalde seguidor del candidato, pésimo en su gestión también, perdió su municipio de manera contundente. ¿Fue el alcalde, fue el candidato, fue la figura de Moreno? Es difícil precisar por qué y, en Calkiní, hablan de un alcalde que trabajó bien, pero no le alcanzó para ganarle a Morena.

El análisis de Carmen, por ejemplo, ¿tendría que ver si los carmelitas no estuvieron de acuerdo con una candidata que lo mismo fue del PRD, del Verde que del PRI?, ¿que Enrique Iván fue un pésimo alcalde o que nunca fue priista? O simplemente porque los carmelitas aprendieron que ¿ganan más como sociedad y como ayuntamiento desde la oposición política que desde el oficialismo?

Moreno debería estar celebrando que ganó de manera contundente, que ningún otro priista del país logró ese margen de votos que él obtuvo, que tendrá un Congreso con una mayoría discreta pero suficiente y que nadie puede salir a impugnarle una elección democrática en la que hubo triunfo para todos, lo que deslegitima cualquier protesta.

Hoy, a reserva que alguien les dé argumentos, la oposición no tiene para probar, si fuera el caso, que hubo alguna operación política que dañó la elección. Layda Sansores señala el exceso en el gasto de campaña de Moreno, pero también lo hubo en el de ella y cuando habla de recursos mal habidos tendría que reflexionar sobre su historia personal que, hay que decirlo, la ha llevado de bandazos a delitos que nadie le cobra. Layda exige una democracia que a ella no le da votos suficientes.

Las elecciones de Campeche podrían no ser aún el modelo que todos quisiéramos pero más que el proceso en sí, es el resultado que nos da el gobierno emanado del proceso el que podría inconformar. Esos efectos son lo que provocan abstencionismo y la baja votación, como el que se logró en todo el país con excepciones muy definidas. Queda claro que ganar arrolladoramente una elección no garantiza un buen gobierno. Rosiñol no provocó lo mismo que Juan Carlos del Río o Mario Ávila y porque no es como ellos y no hizo lo de ellos: mostrarse como opción. Layda no logró su mejor votación de 1997 y eso demuestra lo que se piensa de ella ahora. Ni uno de los dos fueron opción creíble.

El PRI arrasa donde la oposición no trabaja y en Campeche se vio la diferencia donde hubo candidatos y donde no. Los resultados así lo exhiben.