Analista político, conductor y productor en Telesur, y colaborador de EL EXPRESO desde su fundación. Estudió Comunicación en el Instituto de Ciencias Sociales de Mérida.
Doña Gloria Aguilar de Ita es una señora muy agradable. Es, podría decirse, la cara amable de los legisladores panistas. La conozco desde hace muchos años y tengo una excelente opinión de ella. Sin embargo, como buena mujer de edad mayor, sus posturas sobre ciertos temas siguen siendo conservadoras.
Para ella, como para muchos en Campeche –y en todo el país, por desgracia-, la homosexualidad es un tema que ocultar, que esconder y hasta que callar. Sin embargo, Doña Gloria preside la Comisión de Equidad de Género en el Congreso y vaya que hombres y mujeres no somos iguales, pero la ley tiene la obligación de vernos como entes idénticos. Ni mejores, ni peores y es precisamente esa comisión es la que tiene la responsabilidad de que haya igualdad: equidad.
La homosexualidad es un tabú del que no se habla aunque se practique, en el que se puede llegar al extremo de contraer matrimonio aunque sólo sea para disimular, para hacer creer –quizá a ellos mismos- que se engaña a alguien. Que no se ve lo evidente.
Las consecuencias de la hipocresía tienen que hablarse en privado aunque afecten en público, después de la segunda cerveza, por ejemplo.
El hijo, hombre o mujer, homosexual es digno de enviarse al extranjero o lejos de la casa para ocultar la vergüenza, como si sus preferencias sexuales lo convirtieran en un engendro peor que Jack el Destripador o John Merrick, el hombre elefante. Se le quiere, pero tiene su “problemita”.
El Tribunal Constitucional de Yucatán, por mayoría, dijo que los homosexuales no merecen el derecho de unirse en una relación legal aunque lo diga la Suprema Corte de Justicia. El Congreso yucateco, de plano, se negó a legislar al respecto y para subsanar la falta el Tribunal le enmendó la plana: ¿cómo darles permiso?
De poco o nada importó a los jueces que haya homosexuales entre ellos, como los hay entre los legisladores y en los otros órdenes de gobierno. La respuesta fue definitiva: no.
Es como si el ADN de un homosexual tuviera una infección que los hace repulsivos, al menos para darles derechos, como si su condición repeliera la legalidad. Eso sí, pagan impuestos, pueden mantener a sus familiares, incluso se les permite trabajar pero cuando se trata de formalizar una relación legal con su pareja ¡¡¡horror!!! ¿Cómo se atreven? ¿De veras seguiremos viviendo asustados de ver cómo se maltrata a un perro pero insensibles cuando es maltrato es a otra persona?
Homosexuales de relaciones largas y estables no sólo deben cargar con el dolor de perder a sus parejas sino que si no hay orden jurídico también deben ver cómo se les niega el acceso al patrimonio que reunieron juntos toda una vida. No son familiares, se argumenta para el despojo.
El tema de la homosexualidad sigue siendo en la sociedad del sureste una asignatura pendiente que no debe seguirse rezagando. La iglesia señala que Dios hizo a todos a su imagen y semejanza y no incluyó incisos para determinar a quiénes sí y a quiénes no se les aplica esa visión de que todos somos sus hijos. La biblia no habla de negros, chinos o indios, menos de homosexuales para diferenciarlos o preferirlos.
Decir lo anterior provocará que salgan tirios y troyanos a darnos 20 interpretaciones de las escrituras, pero nadie recordará al pie de la letra aquello de amar al prójimo como a uno mismo, porque vaya que cuesta trabajo no ser egoísta.
Aceptemos que haya homosexuales, pero que no lo digan, que se les cobre igual que a todos, que tengan las mismas obligaciones de todos, pero que no se reúnan: conspiran contra las buenas costumbres.
¿De veras seguiremos así? Doña Gloria dudo que no le tenga afecto a sus amigos homosexuales, la he visto departir con varios de ellos como sus iguales, pero ¿qué debe hacerlos diferentes ante la ley? Ha habido diputados en el mismo Congreso que ella que son homosexuales y que no se despojaron de esa condición para asumir su fuero.
Ser homosexual es una condición personal que se elige, igual que se elige ser hipócrita y ocultar esos gustos y predilecciones, casarse y tener hijos pero escaparse a la primera oportunidad a ver al “sobrino” de Mérida, Cuba o de la colonia jodida al que se le regalan 300 pesos por un poco de sexo. ¿Quién tira la primera piedra?
Tratar de negar las condiciones humanas no las hará desaparecer.
La ley, me enseñaron en la escuela y en la iglesia, debe partir de una sola base: todos los derechos para todos y todas las obligaciones también porque todos somos iguales ante la ley y, agregó la Iglesia, iguales ante Dios. ¿A qué le tienen miedo?
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Gloria Decrepitud




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