A poco más de un mes de que tomaran las riendas de sus respectivos municipios, los flamantes alcaldes de Campeche han empezado a redimensionar el tamaño de la responsabilidad que tienen sobre sus hombros. Apenas el martes ciudadanos enfadados con el Presidente Municipal de Hecelchakán atacaron el edificio del ayuntamiento y ocasionaron destrozos materiales, que si bien pueden parecer pequeños, implican una carga económica que no estaba contemplada en el magro presupuesto de los ayuntamientos de toda la entidad.
La situación se complica, pues amén de las severas limitaciones financieras, se suman los montos de deuda pública que limitan aún más los márgenes de maniobra y el logro de objetivos de los ayuntamientos. Los 600 millones de pesos en el ayuntamiento de Campeche y los 780 millones en el de Carmen (los restantes nueve alcaldes o no saben o de plano no salen de su estupor) han desfigurado el rostro y el ánimo de Ana Martha Escalante y Enrique Iván González López.
La primera, que durante la campaña mostrara un rostro fresco, jovial, promisorio y hasta esperanzador, ahora no puede deshacerse de una seriedad angustiosa que poco a poco sitúa a las expectativas ciudadanas donde siempre debieron estar. Las expresiones públicas de su gobierno o son declaraciones oficiales cargadas de limitaciones, de malas noticias, de asombro por lo desconocido, de recortes, despidos y de deudas, o de plano, ensayos mentales preparatorios para animar o animarse a ejecutar acciones con interés y diligencia y que en menos de 140 caracteres aparecen generosamente en las redes sociales. Anuncios alegres de la instalación de comités de planeación o deliberación, van de la mano con el bacheo gradual de las calles. En conjunto, estos que tan sólo son medios, parecen suplir la ausencia de fines.
Por su parte, el alcalde de Carmen también ha sufrido una transformación radical. Siendo secretario de Salud, llamaba la atención el profundo conocimiento de su sector, de las cifras, de la evolución epidemiológica de alguna enfermedad, del personal, de los recursos. Se mostraba accesible con los medios, seguro de lo que decía, siempre ahí para dar información puntual. Durante la campaña, energético, con propuestas, entrón y hasta me atrevería a decir que de buen humor. A un mes de estar al frente del ayuntamiento de la Isla, ha dejado de la lado la afabilidad y la ha sustituido por una distancia que proyecta franca molestia, inseguridad, información limitada y sin deseos de hacer público asuntos del interés ciudadano. En las redes sociales no es notoria una estrategia de comunicación o porque alguien no hace su trabajo o porque no existe tal. Con una deuda de 780 millones, con problemas de seguridad pública, con un aparente disgusto por el estado en que se le entregó el municipio por parte de la administración de Escalante Jasso, el alcalde de Carmen parece haber sido sorprendido también por el tamaño del reto.
¿Porqué el asombro y el cambio radical de los alcaldes? Tal parece que no tenían una idea de lo que les esperaba, o que suponían que encontrarían otra situación, o que imaginaban que una vez en la silla, estarían en condiciones de tomar mejores decisiones para cambiar la situación de sus municipios.
Creo que los políticos de carrera pueden argumentar muchas cosas para justificar el incumplimiento de sus objetivos, o el retraso en la ejecución de obras o sus errores en la conducción del gobierno. Pero hay algo que no pueden argumentar en su defensa: no pueden decir que no sabían. Me parece que no es el caso de los alcaldes en cuestión. Creo firmemente que sabían a la perfección a qué se enfrentaban, cuál era la situación y que calcularon cuidadosamente lo que podrían hacer y decir una vez en el cargo. Entonces, ¿porqué el cambio? Porque como políticos profesionales que son, cuando fueron candidatos durante las campañas electorales repartieron esperanza, ideas, besos (¡claro!), abrazos, sonrisas, ánimos y generosidad que alcanzaba para todos. Pero ya como servidores públicos se despojaron del halo esperanzador y ahora toman decisiones y tienen comportamientos basados en la certeza, en lo técnicamente viable, en la distancia saludable del ciudadano, en la seriedad y secrecía a la que obliga el encargo, en la idea basada en la razón y el cálculo burocrático y en la astringencia de un contexto de escasez que beneficiará a algunos y dejará fuera a otros. ¡Ánimo! Sólo faltan dos años y once meses.
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Columna invitada
