Rubén Aguilar Valenzuela
Convicciones
Rubén Aguilar Valenzuela
Licenciado en Filosofía, maestro en Sociología y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Iberoamericana. Tiene estudios de comunicación en el Iteso (Guadalajara, Jalisco) y de Desarrollo Institucional en el Inodep (París, Francia). Ha publicado una quincena de libros sobre temas relacionados con la educación y el análisis económico, político y social.
@rubenaguilar

¿Fin a la cultura del no?

Voces, Miércoles 6 febrero, 2013 a las 12:44 pm

Los distintos estudios de opinión coinciden en señalar que las y los diputados están en el último o penúltimo lugar en la escala de confianza de la ciudadanía. No muy lejos, pero en mejor lugar, están las y los senadores. La sociedad tampoco valora bien la capacidad y el desempeño de las y los legisladores. Ellas y ellos discuten en sus respectivas cámaras como si ese espacio agotara los confines del país. Una buena parte de sus integrantes más influyentes no han sido elegidos de manera directa sino llegaron ahí a través del mecanismo de la representación proporcional. Los electores una vez que pasó la elección nunca más son tomados en cuenta. Es cierto que tenemos un sistema político de representación, pero éste no otorga a las y los elegidos una patente para que hagan lo que les venga en gana o sólo actúen en representación de su partido y nunca de la ciudadanía. La mala imagen de las y los legisladores tiene que ver, eso está al fondo, con la lejanía de quienes los votaron. El Poder Legislativo nunca da cuenta de su actuación y del por qué de sus decisiones a quienes les deben su cargo, que son los electores de su distrito o circunscripción. Por lo menos en estos últimos 15 años los intereses partidarios, nunca los de la ciudadanía, ha llevado a que las y los legisladores, en la disputa primitiva por el poder, no aprueben las reformas legislativas y constitucionales que urgen al país. Llevamos un retraso de por lo menos 20 años. En las últimas semanas se ha empezado a ver un cambio que no deja de ser sorpresivo y va en contra de “los usos y costumbres” en el Poder Legislativo, que en los tiempos de la democracia se ha caracterizado por una cultura del “no”. En estos días las y los legisladores de ambas cámaras, de pronto, han llegado a la creación rápida de consensos y a la aprobación expedita de las leyes. A la base de esta transformación parece estar el Pacto por México y los mecanismos operativos que lo acompañan. Esta instancia, ajena a las cámaras, pero no contraria de las mismas, es la que permite, por ahora, que se supere la práctica del “no”, que ha pasado a ser un elemento de la cultura política de las dos últimas décadas. No queda claro si lo que ahora está pasando en las cámaras llegó para quedarse, porque se trata de un verdadero cambio cultural, o sólo es un fenómeno de coyuntura que depende de que el Pacto por México se mantenga y prolongue. ¿Qué pasaría si el Pacto se rompe? ¿Se volvería a las costumbres anteriores y se retomaría la práctica del “no”? ¿El efecto positivo que ha generado el Pacto se mantendría aún sin él? Lo ahora evidente es que en el Senado y la Cámara de Diputados ha tenido lugar un real cambio y de la lógica del “no” se pasó a la del “sí”.

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