
Una vez más Andrés Manuel López Obrador fracasó en su intento por conseguir la presidencia de la República. No está claro si irá a un tercer intento como ya lo hizo Cuauhtémoc Cárdenas o en Brasil Lula que ganó en la cuarta ocasión que se presentó como candidato a la presidencia. El hecho es que por segunda ocasión el perredista no consiguió convencer a la mayoría de los votantes.
No está en duda que López Obrador avanzó a lo largo de las semanas de campaña, pero el haber reducido sus negativos y aumentado su intención de voto en torno a los ocho puntos, no fueron suficientes, a pesar de la caída de Josefina Vázquez Mota, para alcanzar a Enrique Peña Nieto que a lo largo de la contienda perdió unos cinco puntos.
El PRD tendrá que evaluar lo que sucedió y decidir si llegó la hora de proponer otro candidato, aunque faltan todavía seis años, o en la contienda del 2018 volverá a ser López Obrador. Una primera conclusión es que el cambio de actitud de un candidato rijoso a uno conciliador, le dio resultado en un sector de la población, pero la mayoría no terminó de creerle su transformación.
La plataforma programática de López Obrador permaneció sin cambios y cada vez parece estar más lejos de responder a las tendencias mundiales y a las nuevas exigencias de la realidad del país. En lo fundamental su propuesta, donde nunca estuvieron presentes los verdaderos cómo, sigue la línea del “nacionalismo revolucionario” del presidente Luis Echeverría, ahí están los textos para probarlo.
El país demanda una izquierda real, moderna y pragmática, y no una que se refugie en viejas ideas priístas, rechazadas por ese mismo partido, que recogió un grupo de expriistas, al que pertenece López Obrador, para fundar una nueva alternativa. Si él hubiera planteado, por ejemplo, la política petrolera de Brasil o Noruega, habría tenido más votos, pero también si anunciaba que imitaría la política fiscal del gobierno socialista de Ricardo Lagos en Chile, en lugar de decir que no aumentaría los impuestos.
Solo el PRD puede decidir el camino a seguir, pero si quiere convertirse en una alternativa ganadora debe deshacerse de una buena parte de los cuadros que hoy continúan en la dirección nacional y en los estados y de la alianza con fuerzas políticas también herederas del “nacionalismo revolucionario” priísta como Movimiento Ciudadano (MC) y el Partido del Trabajo (PT), que la adoptó después.
Hay una nueva generación de perredistas, señaladamente Miguel Mancera, que arrasó en el Distrito Federal, pero también Mario Delgado, Armando Ríos Piter y Marcelo Ebrard, que han demostrado ser una izquierda que no provoca rechazo y sí concita la simpatía y el voto de sectores mucho más amplios de los que hasta ahora han votado por el PRD. Todo indica que ese PRD sí tiene futuro.
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