Si bien la intención de sembrar la soya transgénica con fines comerciales en nuestra entidad es una opción en beneficio de los productores campechanos, la gran interrogante es hasta dónde se iba a perjudicar una industria apícola, motor de decenas de miles de familias en la Península de Yucatán. Las comunidades agrícolas y apicultores reaccionaron como cualquier productor cuando ve amenazados sus productos: amparándose en las leyes y demostrando el daño que le causaría a sus ingresos la siembra de soya genéticamente manipulada cuyo polen despedido contaminaría a la producción de la miel.
Sus acciones legales, tan encomiables como prudentes, les rindieron frutos y ahora, en vez de celebrar, deberán pensar en cómo recuperar mercados, abrir otros y defenderse en instancias jurídicas para que la suspensión de la siembra de soya transgénica de parte de la empresa Monsanto sea definitiva. En efecto, aún existen posibilidades de que la gigante empresa trasnacional continúe con sus planes de expansión en Campeche y está en todo su derecho. Sin embargo, la paradoja radica en que su inversión puede ayudar a otros productores, excepto a los apícolas.
La soya transgénica es un negocio altamente rentable para cualquier agricultor y los beneficios son inmediatos. Desde hace varios meses productores de otras partes del país –principalmente del norte-miran hacia el campo campechano por las garantías de seguridad que ofrece y los terrenos propicios para la siembra de muchos productos.
Bienvenida sea la inversión en el campo, pero siempre respetando a los productores locales y sus costumbres.
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Nora Tzec
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Hasta pronto al ‘Caballero inglés’
Me atrevo a decir que como él pocos le pegan tan bien a la pelota. Inclina el cuerpo, se balancea...
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Responsables
-Me levanté muy temprano y me di cuenta de que las campañas ya se acabaron y no las vimos pasar,...








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