Francisco López Vargas
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Francisco López Vargas
Analista Político, conductor y productor en Telesur, y colaborador de EL EXPRESO desde su fundación. Estudió Comunicación en el Instituto de Ciencias Sociales de Mérida.
@elnegrito_63

Ciclos

Voces, Viernes 28 septiembre, 2012 a las 10:12 am

La velocidad con la que el tiempo pasa nos hace voltear a los días en los que el cambio en las Comunas de Carmen y Campeche llenaron a los ciudadanos de regocijo por lo que significaba cambiar de partido en el gobierno.

En Carmen, guiado por el PAN desde el inicio del siglo, el Dr. Fuentes Mena le entregó la administración a Sebastián Calderón Centeno, vencedor y beneficiado del llamado “efecto Fox”, luego de la gran confrontación política provocada por Antonio González Curi con el grupo Carmen Unido y desde el que salieron los principales opositores panistas que hemos conocido en Campeche en los últimos años.

La Isla, sin embargo, logró avances sólidos, pero también sucedió que al ser gobierno del mismo signo federal, hubo excesos de confianza, prórrogas y concesiones que terminaron por hacer de esa Comuna una bomba de tiempo. Los pleitos y las denuncias de panistas entre ellos dejó a la vista, también, que había mucho que investigar ahí dentro.

Enrique Iván González llegará a la alcaldía como uno de los protagonistas centrales de ese pleito de panistas -como él-, que en una suerte de trapecismo político terminó aliado con el PRI.

La soberbia de quienes creen merecerlo todo pareció el signo de la campaña: responsabilizó de todo lo malo en Campeche al gobernador y, por supuesto, a la alcaldesa, de cuya administración obtuvo suficiente apoyo no sólo moral para consolidar su victoria.

Dicen que los buenos gobiernos dan triunfos y los malos lo quitan y ese ejemplo quedó como testimonio en el 2000. Hoy, González no sólo recibe un ayuntamiento halagado por Hacienda y por las calificadoras internacionales por el manejo administrativo, sino que lo entregan con todos los pasivos reestructurados y con obras en ejecución que él inaugurará.

Aracely, una mujer de tesón llegó a la candidatura y en el camino tuvo que ver traiciones, padecer un secuestro exprés y de toda posibilidad de bloqueos y groserías por parte de un grupo político bien conocido por atrabiliario, prepotente y arrogante que no sólo dañó al PRI sino a su militancia.

Hoy, a unas horas de la llegada al poder de nuevo del PRI en Carmen, convendría a los nuevos funcionarios, regidores y al alcalde, tener muy claro que un gobierno se califica por sus resultados y que las grillas que más de uno de ellos, malagradecidos todos, contra la alcaldesa y muchas veces contra su hijo, deben de quedar atrás para dar paso a la política incluyente en la isla.

Sabemos de la soberbia del nuevo alcalde, de sus asesores que han olvidado la gratitud y la lealtad que le da condición de gente buena al ser humano, y por ello hacemos votos porque haya grandeza en sus actos, humildad en su conducta y reconocimiento en su andar.

En el caso de Campeche, debo reconocer con amplitud el gusto que fue, en lo personal, la victoria de un Carlos Rosado no sólo por su juventud sino porque representaba la urgencia de los campechanos por un nuevo trato, por una nueva conducta política. Habían sido demasiados años de soberbia, de blofeo y falta de resultados. Oznerol Pacheco padeció la vida municipal amarrado de manos desde un gobierno que se negó a darle apoyo para consolidar su labor, algo similar había padecido Fernando Ortega, en esa estúpida actitud de tratar de evitar que siguiera creciendo como candidato natural a la gubernatura.

En ese tono, Oznerol lidió una ciudad complicada, con déficit de al menos $5 millones mensuales y deudas que se aculaban desde la gestión municipal de Antonio González Curi y que hacían crisis cada vez más.

La victoria de Ruelas sí provocó festejo: perdió un emisario de ese grupo político y daba paso a su desaparición o debilitamiento. Permitía ver que siendo panista Carlos quizá lograría todos los apoyos federales necesarios para sanear la Comuna e imbuirle una nueva dinámica digna de una ciudad patrimonio, como lo es esta capital.

Dos años sí marearon a Carlos y cuando logró la ecuanimidad muchos de sus colaboradores ya habían despegado del piso y él no podía ponerlos en su sitio. Latrocinio pleno en obras públicas, tráfico de influencias y una serie de perversidades dignas del peor gobierno que haya tenido el municipio. Sin embargo, las cosas marchaban, los resultados iban dándose y la ciudad no estaba colapsada, pero sí focos rojos más que nada en el proceder de quienes, se supone, pondrían el ejemplo de un buen gobierno, de un gobierno honesto. El contraste con Oznerol era evidente, pero el martes le seguimos.