
“No era penal”. Casi todos lo expresamos. Lo gritamos. Lo lloramos. Tomó forma caricaturesca en una imagen que dio vuelta en las redes sociales día con día. Recordamos a Robben y a toda su descendencia, a los réferis de la FIFA y a la oportunidad histórica que se llevó una mala determinación arbitral.
A través del fútbol sacamos y decimos lo que pensamos. Lo que está ahí, arraigado en el corazón, en el inconsciente, subconsciente, en la superficie y a flor de piel. Con la cubeta de cervezas, con la nevera llena, con los amigos, que hicieron de apoyo, con los rituales cabalísticos, con las caras pintadas de verde, blanco y rojo, desde nuestros cuartos con la tele a todo volumen, colgados en las hamacas, en chanclas, en pijama, con los vecinos, con los cuates que sí comprenden el ánimo mundialista, con la suegra, el perro, los niños, el esposo medio mareado y al borde de un brote de nervios. Así, con eso y más, desahogamos el sentir. Todos somos comentaristas y directores técnicos. Todos sabemos de arbitraje. Todos expresamos lo que teníamos para decir. Lo tuitamos, lo colgamos en el “feis”, lo mandamos por el “whass”, le pusimos “memes”. Lo discutimos en las comidas familiares, en el bar, la cantina, en los restaurantes “fashion” y en la tiendita de la esquina. Ahí donde hubiera una televisión, una radio, un celular o una computadora con conexión a internet. Nos enojamos. Nos emocionamos. Confiamos. ¿Cuánto no cruzó por nuestra opinión? ¿Cuántos no nos quedamos con la sensación de que México era igual o mejor que el rival? ¿Por qué, yo? ¿Por qué le pasa esto a México? Esa es la diferencia con otro Mundial.
Hablamos de la fantasía de la grandeza brasileña, de un país que exhibió a los que lo vieron en vivo y en directo, la pobreza, la precariedad de su infraestructura en caminos y aeroportuaria, la lentitud en sus servicios, las malas señales de “roaming” internacional, el enojo de la gente y la realidad que trasciende las favelas. Descreímos del “fair play” de la FIFA, comentamos la necesidad de introducir el “replay”, de los supuestos favoritismos al país anfitrión, que si no pasaba mínimo hasta la semifinal, le incendiaban la sede mundialista a la presidenta Dilma. Vimos que las transmisiones se concentraban en los estadios, pero no en el exterior donde está la verdadera situación de los brasileros. Que el parque vehicular es viejísimo. Que Brasil es un país “vintage” – clavado en el orden y progreso de los ’70. Gente que dijo, entonces, que se nota que México es parte de Norteamérica.
Con la selección nacional honramos al Piojo, santificamos a Ochoa, vimos genial a Héctor “Zorro” Herrera y reconocimos el colmillo de Rafa Márquez. Le dimos duro a Gio hasta el gol del último partido cuando se convirtió en el “Gio Dos Santos de las masas”, a Miguel Layún y al Chícharo.
El Piojo casi al final del partido contra Holanda sacó al jugador goleador, quitó un delantero, metió a Aquino, sustituyó a Herrera para volantear por derecha y Herrera se fue a echarle la mano a Salcido. Como lo dijo un muy buen amigo, colega, futbolero, aficionado, politólogo, todo, porque Berlanga es eso y más, el Piojo abandonó su filosofía ofensiva y audaz. Para mí hubo buen fútbol de parte del Tri. Todas las posturas son válidas. La cuestión es que todos analizamos el desempeño de la selección: en los trabajos, en las reuniones, en todas partes.
El fútbol es liberador. No queda duda. Pero, y siempre hay un pero, por qué no decimos en la vida pública y política las cosas como las decimos
con el fútbol. El presidente de Uruguay arremetió contra la FIFA: son “una manga de viejos hijos de…” No se refería al ADN o a las actas de nacimiento donde aparecen los nombres de sus progenitores. Eso es idiosincrasia. No queda duda. En nuestra Norteamérica en cuanto a política “mutis por el foro” como en el canto de la porra chilena: “Chi chi chi… le le le”.
El fútbol casi lo traigo en la sangre, igual su caló. Qué más da, pero el fútbol es de la cancha, para las retas, para el domingo con los amigos; la política, en cambio, es de todos los días y es la que nos mete la mano en el bolsillo para dar o quitar. La que nos da la papa, los estudios de los niños y todo lo demás. Buena política,buena salud social. Entonces, lo bueno y lo malo hay que decirlo, como en el fútbol, ¿no?



Columna Invitada
