Desde ayer, 19 dependencias de gobierno participan en la Cruzada Nacional contra el Hambre, el programa gubernamental más ambicioso de los últimos años para erradicar uno de los flagelos pocas veces derrotado en la historia de la humanidad. Desde su anuncio, el programa recibió lo mismo elogios que críticas. Los primeros se basaron en el nuevo enfoque dado por las autoridades federales y la participación conjunta de todos los niveles de gobierno, a los que se agregaron instituciones educativas; las críticas se centraron en desacreditar al programa como asistencialista y electorero que busca solo acrecentar la base electoral del partido en el poder en los futuros procesos electorales. Calificar a un programa de este tipo antes de su arranque es aventurado, sea para elogiarlo o para identificar sus debilidades. Sin embargo, es un intento nuevo que forzosamente debe dar resultados a corto plazo.
Ningún país mundo ha combatido en su totalidad el hambre. En este flagelo intervienen infinidad de factores políticos, sociales, culturales, ambientales, entre otros. Cada región registra diferentes tipos de carencia alimentaria y Campeche no es la excepción. En nuestro estado está identificado que el municipio con mayores penurias es Calakmul, pero no está incluido. Según el criterio de las autoridades, la Cruzada se aplica en zonas donde es mayor la densidad demográfica y por ello se arranca en Campeche, Ciudad del Carmen y Escárcega.
¿Cómo nos pueden garantizar que la cruzada abatirá el hambre? ¿Con datos? Esa será la gran incógnita.
TUMBABURROS
Cruzada (Sust. común). Dícese así a un ambicioso programa gubernamental que busca combatir el hambre en diferentes partes del país, destinando miles de millones de pesos y con toda una maquinaria burocrática. Palabra muy vendible electoralmente, pero con muy pocos resultados.
Delegado (Sust. común). Llámese así a aquella persona que puede dirigir a una dependencia federal sin cubrir los requisitos o sin que tenga nada que ver con lo que estudió. Personaje mil usos que prefiere quedar bien con el grupo político en turno, en vez de trabajar por el bien colectivo.
Operador político (Sust. común). Personaje hecho para comprar conciencias designado por un determinado partido político y cuyos resultados de su trabajo se muestran en los resultados electorales. Militante que también puede convertirse en un delegado de las políticas sociales.
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