En la vida todo tiene sentido, si uno tiene el deseo de encontrarlo. Así, a lo largo de la mía he tenido la oportunidad de reflexionar sobre aspectos que son importantes para ayudarme a transcurrir en ella. Hace algunas semanas, tuve la necesidad de reunirme con dos personas y en la plática aducían que sus acciones eran “… por Campeche”. A lo largo de todo este tiempo esa frase -bastante gastada por cierto- me revoloteó en la cabeza y hoy, decidí sentarme a poner en blanco y negro algunas reflexiones sobre el tema.
¿Cuál Campeche? ¿De cual de todos los Campeche hablaban? ¿El suyo? ¿El mío? ¿El nuestro? ¿El de todos? ¿El de unos pocos? ¿El de unos muchos? ¿El eterno? ¿El de siempre? ¿El nuevo? ¿Cuál? O acaso es ¿el Campeche de los campesinos? ¿El de los obreros, los políticos, los apolíticos, los empresarios, los estudiantes, las amas de casa, los pescadores, los ricos industriales, los asalariados, los desempleados, los investigadores, los periodistas, los homosexuales, los turisteros, los abogados y un muy, muy, muy largo etcétera, ¡para acabar pronto! O es el de solo unos cuantos que tienen la firme convicción de que su visión de Campeche es la de los demás y que por tanto no solo nos debemos sumar a sus iniciativas sino evitar resistir u oponernos a ellas, so peligro de que nos cueste más de lo que incluso tenemos.
Esta visión que ha pervivido por varias generaciones no radica en la arquitectura, ni en los modos de vestir; tampoco en la cotidianeidad de la ciudad con sus franquicias y modernas plazas, en la tecnología o en la fusión de la cultura que todos los días vivimos. Su permanencia es más perversa y profunda, está asentada y consolidada en las estructuras mentales del colectivo, al grado que ha logrado convencerlo que solo puede mirar y aspirar a través de los ojos de esos “unos cuantos”.
Las causas por las que este fenómeno se da en la sociedad campechana son sencillas y de fácil interpretación; no hay que darle muchas vueltas para que exista el Campeche de “unos cuantos”, debe existir el Campeche de los sumisos dependientes que para sobrevivir no deben cuestionar nada y aceptarlo todo, esto es, como reza aquel dicho maya “para que te monten te tienes que agachar”.
¿A que me refiero Hasta hace cincuenta años, existía una clara división en la clase dominante del Estado, es decir, los políticos de carrera y los empresarios, y si bien coexistían y se asociaban en los negocios, los comerciantes (así se les llamaba) tenían muy bien delimitada su área de influencia, nadie invadía el territorio del otro… solo se negociaba. Sin embargo, a lo largo de los últimos años, esta frontera se ha ido diluyendo y la actividad política está en manos mayormente de empresarios. Esto no representa gravedad alguna, al fin de cuentas la actividad económica es parte importante de la sociedad y su desarrollo, además que era necesario incluir este enfoque en los esquemas modernizadores, el problema es que este perfil ha alejado el oficio político del escenario de la administración pública de la ciudad y como consecuencia de esto, vemos una nueva generación de políticos sin oficio político y de empresarios sin compromiso social.
Esta traslación de intereses de una actividad a la otra ha venido acompañada de esa visión absolutista que impone, de forma de por si arbitraria su Campeche y que contrasta obviamente con la mirada que tenemos otros campechanos.
Estamos en un círculo vicioso, en el que no hay una verdadera independencia económica en términos generales y los programas de gobierno son insuficientes para la demanda que tiene el Estado. Eso nos pone en una situación de indefensión y desventaja ante los intereses corporativos y de grupo, a los más “despiertos” los obliga a incorporarse a alguno de estos grupos, sujetándose con esto a seguir instrucciones, mandatos, vasallazgos, para sobrevivir o enriquecerse. Los otros campechanos que vivimos seguramente en un Campeche aparte (en Marte seguramente) estamos expuestos a los vaivenes de los intereses de esta gente y no solo nosotros, nuestros trabajadores, nuestras familias, bienes, etc. Siempre habrá forma de joder, todo sea por imponer su Campeche, y no en el sentido de pertenencia sino de propiedad, en especial cuando ni siquiera lo hacen ellos, habrá quien gustosamente se preste con tal de seguir su ascenso en el grupo… y si a eso le sumamos el rencor social que se ha generado como consecuencia de esta neorealidad, pues ¡usted dirá!
Aquí la tarea, desde mi punto de vista, para unos… esos “unos cuantos” es el entender que se gobierna pro hominem, es decir, a favor del hombre y sus derechos ganados y no de las perspectivas políticas del grupo y que para hacerlo de forma exitosa hay que autogobernarse. En cuanto a los otros, nosotros, todos nosotros, usted y yo, preguntarnos en qué momento decidimos regalar nuestros derechos y dar nuestra aprobación ciega a esa voluntad, en qué momento renunciamos a la visión de sociedad que queremos y especialmente el derecho a resistir y cuestionar lo que nos afecta, a no coincidir y a ver de forma diferente, esta sería la mejor manera de avanzar todos juntos. Verlo del otro modo es tanto como volver a los tiempos absolutistas que nadie quiere, bueno… solo unos cuantos.
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Columna invitada
