
La semana no dejaba de empezar con sorpresas. Para Manuel, lo que el periodista leía a diario y comentaba con él le daba una mayor certeza a su nuevo estado de ánimo: no hay nada qué hacer, los malos siguen ganando.
-Esa es una visión derrotista, Manuel. Por desgracia, las cosas buenas y las más importantes no son motivo de titulares. Las que lo son, meten a la gente en discusiones estériles sobre conflictos morales muy sólidos.
-No sé cómo vives de eso. Escribir y leer lo que pasa a tu alrededor debe ser angustiante o, al menos, decepcionante muchas veces. Renuncia el Papa y dice que es porque ya está cansado, un médico no tiene opción y mata a dos delincuentes, unos muchachos estúpidos asesinan a su amigo por un pleito de faldas. No lo sé. No le veo lo gratificante a tu profesión.
-Y a eso no le sumas que cuando uno encuentra a un pillo, lo denuncia y muchas cosas se le vienen a uno encima porque afectaste su forma de vida, Manuel. No, pero la realidad hay que decirla, pero nunca casarse con lo que pasa afuera. Lo que realmente nutre está dentro de tu casa, en el amor de tu familia, en abrazar a tus padres, a tus hijos, en esforzarte por cumplir con tu trabajo, con tus obligaciones y eso, créemelo, no es noticia.
-Eso del Papa, periodista, lo veo como que se dio por vencido. Lo cansó tanta podredumbre, tanto impotencia, tanto esfuerzo por limpiar cosas que no se pueden limpiar y para mi eso debilitó su fortaleza. Quizá la decepción, quizá la frustración.
-¿Qué puedo decirte? Si por eso fuera en México habríamos cientos de miles que ya no viviríamos aquí desilusionado de quienes nos gobiernan y nos conducen. En el caso de Campeche, pues creo que más de una justificación habría para habernos ido hace algunos años y no, aquí nacimos, aquí seguimos y haremos lo que creemos correcto aunque afectemos el imperio de unos cuantos.
-Te veo, Manuel, empujando contra viento y marea. Sé que no te dan obra pública, que te amenazaron con sacarte mediante una auditoría cuando apenas empezabas a recuperar tu negocio, que los eternos beneficiados de la familia feliz ya te llamaron para amenazarte, pero ¿te vas a dar por vencido?
-Mira, reportero, si tú no te has dado por vencido, ¿yo por qué? Me consta que te han amenazado, que te armaron dos expedientes con órdenes de aprehensión, pero aquí sigues denunciando el saqueo de unos y otros.
-Así es, amigo: mientras más nos hostiguen más le seguimos. Lo que no saben es que mientras ellos tienen que esconder sus robos y privilegios, nosotros podemos exhibirnos en la calle sin fingir que somos quienes no. Vivimos una crisis de valores: creen que porque han robado mucho eso les da honorabilidad, pobres…
-Mira que estamos con la mira extraviada, periodista. ¿Cómo viste el homicidio de ese pobre muchacho? La verdad, su único pecado fue que la novia del otro se fijara en él y eso le costó la vida.
-No se puede culpar a la muchacha ni al muchacho. El problema lo tienen los otros por no aceptar la decisión de ellos dos. Lo que queda expuesto es el carácter de los delincuentes porque ¿sabemos si fueron mal educados o sólo son mala semilla? El tema es muy complicado para hacer un juicio sumario, Manuel. Lo grave es que estamos inmersos en una vida diaria que privilegia a los pillos, que le da por ensalzar los antivalores y en días de carnaval como que todos están más interesados en el relajamiento, en la promiscuidad y en la diversión que en las cosas serias.
-Ahora, reportero, lo más complicado es la familia del muerto porque aunque la Procuraduría encarcele a los culpables, ellos nunca sentirán que se les hizo justicia porque nada les devolverá a su ser querido, pero el crimen no lo cometieron los Zetas o el narcotráfico, lo más graves es que lo cometieron sus propios amigos y después de a los autores materiales del hecho ¿a quién más castigas?
-Cuidado, Manuel. Es un tema muy espinoso. Los otros papás tampoco deben entender muy bien lo que pasó. Los padres no conocemos a nuestros hijos cuando están fuera de casa, nadie debe olvidarse de ello. Los hijos son unos delante de nosotros y otros muy diferentes cuando no los vemos. Lo único que nos vincula es la educación que les dimos, los valores que les transmitimos y esos valores no son muy sólidos cuando hay alcohol, infidelidad, adulterio, ofensas y gritos en casa. Pero nadie puede saberlo más que quienes lo viven.
-Ve a casa, Manuel. Yo iré a la mía. Sentémonos a hablar con nuestros hijos, digámosle las cosas como son, acerquémonos a ellos porque lo que acabamos de ver es una lección para todos y créeme que nadie está exento de ello. Reflexionemos porque lo que pasa en la calle muchas veces se incuba en casa.
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