Francisco López Vargas
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Francisco López Vargas
Analista político, conductor y productor en Telesur, y colaborador de EL EXPRESO desde su fundación. Estudió Comunicación en el Instituto de Ciencias Sociales de Mérida.
@elnegrito_63

¡Alerta!

Voces, Viernes 15 febrero, 2013 a las 12:29 pm

Las perversiones que hemos visto en los días del Carnaval no tienen que ver con la fiesta de la carne, sino con la ruindad humana que nos fuerza a reflexionar sobre el por qué del comportamiento humano y cómo reaccionamos ante diferentes escenarios.

El asesinado del joven Samuel MacGregor nos deja claro que arrestados los autores materiales, es poco probable que los verdaderos responsables no cumplan castigo nunca porque pueden ser muchos, podemos ser todos.

La pobreza humana de los autores materiales nos obliga a voltear a ver a una sociedad que, nos guste o no, es parte de los motivos y de las razones por las que algunos de sus miembros cometen actos de espanto y de saña como los ya narrados por la Procuraduría al detallar cómo se cometió el homicidio.

¿Son culpables los padres de los jóvenes de sus desviaciones? ¿Son en realidad responsables ellos mismos de sus actos, su forma de ser es producto de la sociedad de lo inmediato y lo frívolo que hoy vivimos? Es difícil saberlo, pero no deja de ser horrendo el hecho.

La actuación de la autoridad de procuración de justicia debe valorarse sobre todo porque no es común la prontitud y la certeza de sus pesquisas, aunque también es destacable la beligerancia de la exigencia social para la resolución del caso. Falta ver si el expediente está perfectamente armado y si el juez considera que tiene elementos para fallar con la máxima sentencia. Eso está ya en juzgados y dependerá de su criterio y de los elementos aportados para ver hasta donde llega el juez en la sentencia.

Lo que a ratos pareciera peor es el oportunismo y la alevosía con la que se trató de manipular a los afectados contra la Procuraduría y en lo personal contra Renato Sales Heredia. En lo personal, sé y conozco a Renato y puedo asegurar que es un hombre de bien, que su pasión por el derecho y la poesía nos demuestra que es un hombre de impecable sensibilidad lo que le da a su labor ese toque humano que muchos no tienen en ese ámbito. Sin embargo, su capacidad y su dedicación al estudio del derecho ha provocado que sea víctima, perdón por el término, de una insana campaña promovida por uno de sus compañeros de gabinete, quien pareciera no entender que el respeto no lo da ni la edad, ni el apellido, ni la fortuna de dudosa procedencia sino la actuación personal, la conducta, el ejemplo que refleja y su solidez moral. Desgraciadamente, su colega abogado y servidor público carece de esos atributos y de muchos otros que son indispensables para nombrarlo con respeto.

En los días previos a la resolución de este vergonzoso caso, la cadena de medios de esa familia emprendió una campaña muy esmerada en tratar de disminuir la capacidad del procurador por ser un hombre con gusto por la poesía, como si eso fuera un obstáculo para ser eficiente, inteligente o varón para realizar su trabajo.

Debo decir que ha habido procuradores que han estado muy lejos de ser hombres en el pleno concepto de la palabra, gente que usó su cargo y carrera judicial para sus casos particulares, para sus haciendas personales y para sus bajas pasiones. Algo similar ha pasado en el Tribunal Superior de Justicia, desde los que usaron el cargo para ampliar sus propiedades y pagarle a sus empleados, hasta los que se prestaron a venganzas personales y por encargo.

La sociedad campechana, como la de todo el país, está enferma. Hemos aprendido a convivir con el latrocinio como algo normal, a ver el chantaje y la sumisión como parte del carácter de la gente, de cómo quedar bien aún sabiendo que está mal nuestra aprobación, que no puede justificarse la infamia ni la bajeza.

Quizá nos asombre lo que vemos en el caso del joven asesinado, pero no nos asombra ser cómplices del robo, del quedarse callado para que nadie se meta con uno, voltear a ver al otro lado para no comprometerse, a justificar lo malo en casa, en el amigo y ser crítico férreo de los mismos defectos en los adversarios o en los desconocidos.

A ratos valiera la pena ponernos a pensar si no fuimos todos, un poco con nuestra apatía, con nuestro egoísmo fomentadores de las conductas injustificables de unos jóvenes que deseamos que no sean el signo de nuestros tiempos.

Y ahí aparecen los despreciables, los detestables, los que siempre quieren sacar ventaja de la desgracia de otro para favorecerse a sí mismos, para golpear al adversario, para tratar de doblar al que aún es recto. Pobres, ojalá podamos remontar esta pesadilla, pero sigamos alerta.

De algo servirá.