Editorial
Columna invitada
María Eugenia del Río Rodríguez
Empresaria campechana
@ExpresoCampeche

Personajes campechanos

Voces, Jueves 7 marzo, 2013 a las 1:50 am

Pocas ciudades con más apego a su identidad que Campeche. Basta con observar la pasión con la que se defiende el origen de una receta o un baile, amén de las controversias que se arman cada vez que algún proyecto oficial o privado toca sus edificios.

En esta pasión campechana no hay diferencia entre ciudadano común y funcionario, entre empresario o político, cada quien desde su óptica siente un sincero amor por esta tierra.

Pero ¿qué es la identidad…?

La identidad es la vinculación incluso afectiva con una colectividad a la que nos une la costumbre, la lengua, el origen, entre otros y en especial un proyecto de vida común.

Está conformada por ese proceso intelectual, personal, de reconocerse en los otros, en el “nosotros” y que nos hace distintos a los demás.

Una de las particularidades de la identidad campechana la han construido los personajes, esos ciudadanos modestos pero a la vez extraordinarios que pasaron a formar parte de la memoria y la vida colectiva.

“El Ponteduro” es uno de los más destacados, no solo por su presencia cotidiana sino por el valor de la generosidad con la que tocó la vida de nosotros, en aquel entonces, niños.

Se trataba de un hombre de complexión menuda, de bigotito, no muy alto, derechito, ¡plantado! Usaba sombrero de fieltro, si mal no lo recuerdo, de pantalón gris de dril o casimir, a veces con chaleco, de camisa de manga larga blanca, otras veces de cuadritos y su pregón “no vayan a llorar, no vayan a llorar que el ponteduro va a pasar y la niña va a llorar”. Aunque fuerte a la hora de pregonar cuando interactuaba con las personas era muy dulce, en infinidad de ocasiones al pasar por las casas si las madres no tenían dinero, siempre contestaba, “Usted no va a comprar pero el niño sí tendrá su dulce”. Me he preguntado siempre hasta dónde le resultaba negocio la venta, cuando la mayoría de sus dulces los regalaba.

Lo que vendía era melcocha, de forma alargada como un lápiz, la verde era de limón, la de color crema sabía y tenía los trocitos de cacahuate, también vendía unas tabletitas envueltas en papel de china, el dulce lo sacaba de su vitrina verdosa con un pedacito de papel de seda blanco y así lo entregaba, higiénicamente. Los domingos cambiaba la vitrina por una canasta grande de mimbre, y en un mantelillo de tela llevaba “brazos gitanos” de fresa, de coco, de vainilla y de pasta de guayaba.

Caminaba toda la ciudad y su grito se oía desde lejos. Por casa de mi abuelita, pasaba como a las 3 de la tarde sin importar el inclemente sol y calor de nuestro clima. Muy querido por todos, los niños de varias generaciones lo esperaron al caer la tarde.

Otro personaje de la ciudad, era “La Chiva”. Según supe, esta mujer era una soldadera que había llegado con aquellos contingentes militares que pasaban por Campeche. De cuando en cuando, a esa hora en la que el día se entrega a la obscuridad, la veía pasar con su rebaño de chivas, despeinada de las trenzas, con un bastón que la ayudaba a caminar, descalza la mayoría de las veces, borracha perdida. Los varones de la cuadra, niños entre 10 ó 12 años, le gritaban Chivaaaa y ella respondía siempre con malas palabras y a veces intercambiaba pedradas con esta pandilla de mocosos; las niñas le temíamos por su agresividad y desaliño pero realmente nunca nos hizo nada. Vivía en un callejón cerca de la Alameda. El callejón de tierra iniciaba casi enfrente del Puente de los Perros, hoy devorado por las construcciones pocos podrían decir que ahí alguna vez hubo una quinta llamada Rosita en cuyo final vivía “la Chiva.”

A “Miguelito” lo conocí en la entrada del Cine Selem. Siempre estaba ahí pidiendo caridad o “dinero para su dulce” era un hombre mayor con actitud de niño, seguramente debido a su enfermedad, de origen indígena siempre lo acompañaba su morral. Tenía el pelo negro a pesar de no ser tan joven, peinado hacia adelante y se reía constantemente, de complexión robusta, alto para el estándar maya, los que querían molestarlo le jalaban el morral y el lloraba, hablaba también como un niño pequeño, es decir, no hablaba claramente, pronunciaba mal las palabras. Su presencia era parte del paisaje urbano en una ciudad donde el único entretenimiento era el cine. También lo conocían como Chaplin y la burra flaca, tal era su identificación con el séptimo arte. En una ocasión estuvo de visita un travesti de nombre artístico “Shalimar” y cuando querían molestar a Miguelito le gritaban “Zavalaaa” como descomposición del nombre, a lo que él contestaba “tu mayeeee”. La familia Selem lo alimentó durante gran parte de su vida. Parece que llegó en un barco a Campeche.

“El Negro sorbetero” era un personaje muy particular. Vendía sus helados de coco y elote en un carretón; recuerdo que usaba un sombrero de palma, con barba y de cabello hirsuto, la camisa abierta donde podía verse su vello canoso, con el pantalón arremangado este mulato pasado de peso, hacía unos helados deliciosos, la gente bromista de Campeche en alusión a su descuido personal decía que colaba la leche del coco en su calzoncillo. En un Carnaval, Ricardo Castillo Azar se caracterizó tan bien del Negro, que mucha gente no se dio cuenta de la diferencia, obviamente le alquiló el carretón y le compró los helados que fue repartiendo en el Bando.

Hoy que la vida cambia y que mis nietos ya no tendrán la oportunidad y el privilegio de conocer personajes como estos, quiero dejar el sincero testimonio de estos recuerdos que forman el patrimonio de mi humanidad.

  • Dissaor

    Buena prosa. Más de esto no caería mal