
Todos sin excepción caminamos bajo el mismo sol, respiramos el mismo aire y si nos vemos por debajo de nuestra piel… Todos somos iguales, no hay diferencia alguna. Entonces ¿Por qué nos empeñamos en diferenciarnos al punto de odiarnos?
No hay forma alguna de justificar los agravios constantes a la forma en que te vistes, a la preferencia sexual, al color de piel, a la religión que profesas, al partido político en que militas o a todos si no militas.
Somos todos iguales y a la vez, todos somos distintos, todos tenemos una forma muy particular de ver el mundo, de vernos a nosotros mismos y de ver a los demás. Sin embargo, en ningún momento de nuestra particular percepción aparecen unas letras luminosas que nos dicen que somos los que tenemos la razón y los demás, no solo están mal, sino están locos por creer que estamos equivocados.
Respetar las formas de pensar y de ver el mundo es, además de una forma de llevar la fiesta en paz, la mejor que existe para aprender y crecer. Respetar no significa estar de acuerdo en todo, significa tener la inteligencia y la madurez de entender que todos somos iguales, justamente porque todos somos distintos, que no hay nadie por arriba de nosotros y nadie por debajo.
El 99% de los problemas que existen en este planeta tienen que ver con la intención de imponer una forma de vivir, una forma de creer, una forma de sentir. Convencer a una persona no significa imponerse a ella, significa argumentar y enfrentar diferentes posturas hasta que se llegue a un punto de acuerdo y desde ahí se construya hasta alcanzar el entendimiento mutuo. Se necesita escuchar y se necesita apertura; se necesita paciencia y tranquilidad, nunca sumisión.
En estos momentos preelectorales en que las ideas y posturas diferentes campan a sus anchas, la madurez debería ser el contrapeso que impidiera que los equipos de trabajo de uno y otro se saltaran a la garganta a la primera mención de su “rival”. Deberíamos tener la madurez de evitar la fractura de nuestra sociedad o exponernos a pasar años en “operación curita” tratando de cerrar las heridas provocadas por egos desmedidos.
Si la intención es unir, sumar, construir, no entiendo su afán de segregar a “los contrarios” porque son de “fulanito” como si fueran esclavos o propiedad, como si fuera “el enemigo”.
De que sirve tanta propaganda de buenos y generosos, si por detrás llevan garrotes y cuchillos. ¿Qué me perdí?
Las preferencias sobre una opción u otra son perfectamente válidas, es nuestro derecho y nuestra individualidad. No obstante, debemos recordar que somos parte de algo más y que cada uno, por la simple y sencilla razón de pertenecer a ello, tiene la misma libertad de elección.
Si nuestros precandidatos desean convencernos deben de argumentar, deben de confrontar ideas y dejar que en base a ello, formemos nuestra opinión y nuestra decisión. Dejen de pensar que esto de la precampaña es una guerra, si así lo ven, métanse en un ring y agárrense a golpes hasta que sobreviva “la mejor opción”. Ahora, si lo ven como una propuesta de gobierno, propongan, planeen y expongan. En ese momento sus equipos de trabajo y ustedes mismos se verán con el mismo respeto con el que se debe de ver a todos los demás, sin prejuicios, sin odio, sin burla ni menosprecio; en ese momento se verán como iguales y como tal, podrán encontrar esas ideas conjuntas que permitan construir otras nuevas, mejorar las existentes y con ellas aterrizarlas en acciones concretas, medibles y justas para todos aquellos, que vivimos bajo el mismo sol.



Palabras Altisonantes
