
En 2006, después de la presidencia de Vicente Fox, la mayoría de los que votaron decidieron que el PAN siguiera conservando la presidencia de la República y eligieron a Felipe Calderón, pero después de su gestión optaron porque ese partido ya no siguiera en la presidencia. Esa y no otra es la realidad. No hay accidente. Es una decisión consciente.
La derrota del PAN tienen muchas madres y padres: la gestión de Calderón y su absurda guerra; las divisiones internas del PAN; la conducción del partido; la plataforma ideológica que cada vez es más conservadora ante los cambios culturales del país; la lejanía de los sectores populares; la elección de los candidatos; la candidata Josefina Vázquez Mota; el equipo de campaña que se integró; la estrategia elegida que optó por la continuidad.
El PAN está obligado a una evaluación a fondo después de esta catástrofe electoral donde pierde la presidencia, los gobiernos de Jalisco y Morelos, dos de las tres delegaciones que tenía en el Distrito Federal y queda como tercera fuerza en el Congreso. El partido desde el inicio del actual sexenio ha venido de derrota en derrota. Hay causas que expliquen este desempeño y también los resultados.
Lo correcto es que la actual dirigencia del partido renuncie, como es práctica común en otros países, después de una derrota de tal magnitud, para dejar abierto el espacio a que surja una nueva dirigencia que se haga cargo de hacer un diagnóstico imparcial, a fondo, que les permita conocer y explicar lo que pasó y al mismo tiempo asuma los cambios que se deben impulsar, para afrontar los nuevos tiempos.
Si el PAN no se reestructura a fondo, para responder a la nueva realidad de una ciudadanía, cada vez más formada y liberal, tiene muy pocas posibilidades de volver pronto a la presidencia de la República y a tener presencia significativa en los estados y el Congreso. El partido requiere cambios radicales en su concepción ideológica y plataforma programática, pero también en su estructura orgánica.
Le urge hacerse de un nuevo tipo de cuadros, que sean capaces de contactar a una nueva generación de militantes. Los que hoy están a la vista no concitan entusiasmo y adhesión entre los panistas y mucho menos en la ciudadanía. Le urgen dirigentes mejor preparados y con mayor cualificación académica y profesional. Le urgen también líderes con prestigio y arraigo social. La decisión de una transformación de gran calado solo corresponde a los panistas y por lo pronto no se ve quien sea el dirigente o los dirigentes que puedan conducir este proceso.
Al perder la presidencia el PAN deja de contar con el espacio único que está la brindaba y mantuvo por doce años, pero también ya no tienen el instrumento poderoso, muy difícil de sustituir, que disponía para acercar nuevas adhesiones y simpatías. Los muchos cuadros del partido que tenían cargos en el gobierno ya no contarán con ellos. Están ahora obligados a buscar una nueva manera de ganarse la vida. El PAN y sus militantes inician ahora una nueva etapa de su historia. Habrá que ver cómo la enfrentan.
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