
Elena Poniatowska, escritora, humanista, mujer, pronunció en una entrevista para el diario La Nación (lanacion.com) que “Las mujeres han sido y son el alma de mi país”. Coincido plenamente. Mujeres mexicanas, que aunque a veces parece que se nos quiebran las piernas para sostenernos, aquí estamos: en cada hombre y en cada mujer, fortaleciendo y creciendo generaciones. Mujeres que nutrimos vocaciones y bocas, que entendemos la reciprocidad y la justicia aunque no sé si estas virtudes nos captan de la misma manera.
El 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer. Vale la pena, entonces, analizar el sentido del festejo, o mejor dicho, entender qué es ser mujer. Cuando estudiamos grupos vulnerables, ahí estamos nosotras, las mujeres. 57 millones de mujeres en México -ni grupo tan chico, ni tan vulnerable, ni débiles, ni endebles, ni frágiles, ni indefensas, ni desvalidas. Quizá sí con una percepción cultural y social muy fuertemente compartida que nos encasilla con ciertos roles.
En el siglo XXI, mujeres, podemos alzar las voces de llanto, alegría, señalamiento, conocimiento. ¡Alzar la voz, mujeres! No para gritar, ni ofender, ni descalificar. No para decir que somos mejores o víctimas. Para mostrar el espíritu de las mujeres mexicanas, tal y como lo reconoció Poniatowska: como espíritu de razón y coraje. “Pocas cosas han cambiado”, afirma la escritora. No se refiere, creo, a los marcos institucionales. Hace alusión a cómo nos vemos y cómo nos ven.
Hace muchos años, en mi primera clase de sociología, la profesora comenzó con un ejercicio, que me pareció incluso raro. Luego, lo comprendí. Imagine a dos personas besándose en un parque. La invito y lo invito a hacerlo. ¿Capturó una imagen? ¿Qué vio? Ahora, cambiamos un poco el ejercicio. Imagine a una mujer. ¿Cómo la percibió? ¿Qué atributos le dio? Posiblemente la respuesta al primer test es simple y coincidente. Imaginó dos jóvenes, heterosexuales, bien vestidos. No eran indigentes. La edad, la identidad sexual y la condición socioeconómica saltaron en su imaginario. ¿Y la mujer? La condición de la mujer es más compleja. Pero estoy segura de que hay una construcción colectiva arraigada. Mujer como madre, ama de casa, entre arreglada y desaliñada; una despampanante fémina de formas prominentes; una impía e irreverente desafiante del género opuesto; o la despiadada que lleva y trae para abrir brechas de desacuerdo. Proyección doméstica, de objeto de placer, feminista y entrometida parecen ser las opciones. Sin embargo, si estuviéramos en la clase de sociología con enfoque de género, sonaría la observación de “equivocado” y la calificación sería una luz roja de desaprobado.
Si concibió a la ama de casa, sumergió la figura femenina en las aguas de lo doméstico. Si comprendió la voluptuosidad, configuró a la mujer como objeto de deseo. Si vio la fortaleza como retadora, la equiparó a la fuerza y conducta de un varón. Si optó por la última opción, la asoció a alguien medio cizañera.
Hombres y mujeres en la desigualdad fisiológica, cultural y social. La diferencia es innata y lo es también entre personas del mismo género. La desigualdad es algo natural. La cuestión es reconocer las diferencias, pero no sesgadas como en las representaciones anteriores, sino para encontrar espacios de oportunidad donde en la desigualdad existan la equidad y la libertad. Esto nos compete a ambos: hombres y mujeres.
¿Somos capaces de analizar y comprender las características que definen a mujeres y hombres con el fin de identificar normas, acciones, pautas de conducta socialmente aceptadas que contienen elementos de discriminación hacia ambos?
“Calladita se ve más bonita”. No tanto. Nuestra capacidad de dar a luz no abate el reconocimiento. Nuestra belleza no derriba la representación en espacios públicos. Nuestra voz de conocimiento, nuestro trabajo y sacrificio no se pelean con una justa distribución de prerrogativas, recursos y derechos. Nuestro entrometimiento no se agarra del cabello con la participación efectiva. Reconocer la diferencia es procurar nuestro desarrollo. Ojalá todas y todos puedan comprenderlo. En México somos casi 60 millones de mujeres. No somos tan vulnerables.



Columna Invitada
