
Uno de los derechos fundamentales de todo individuo es la libertad. Es la única causa por la que se merece luchar. Uno de los principales ejercicios de libertad es poder hablar, escribir, decir lo que pensamos.
Algunos tenemos la oportunidad de prestarles nuestra voz y nuestras letras a muchas personas que creen lo mismo que nosotros. Somos libres al hablar y escribir y, no obstante, esa misma libertad nos obliga a seguir un código de ética estricto, a ser lo más transparentes posibles para poder tener el honor y la responsabilidad de señalar, de criticar, de aplaudir, de exhibir aquello que sucede en lo oscuro y traerlo bajo el escrutinio de aquéllos que tienen a bien escucharnos y leernos, pero sobre todo, confían en nuestras palabras.
Es por eso que aquéllos que damos voz y letras debemos de obligarnos a ser la mejor versión posible de nosotros mismos, debemos ser congruentes, íntegros y honestos. Cómo podríamos exigir honestidad e integridad a nuestros políticos si no estamos haciéndolo en nuestras vidas.
Cómo podríamos señalar un posible enriquecimiento inexplicable si hay dinero que se usa con el único fin de lograr que se “hable bien” de la persona.
Quienes tenemos el privilegio de hablar por y para la gente, debemos de mantener nuestra independencia de criterio, de ser objetivos, sinceros y si somos los encargados del escrutinio, ser capaces de pararnos bajo el mismo. Aquéllos que nos leen y nos escuchan son nuestro objetivo principal y debemos ser merecedores de su respeto, de su confianza y responsables de su gratitud y de su exigencia.
Es la gente la que debe de dar su visto bueno a aquéllos que tenemos el valor de hablar, su reconocimiento es el que se atesora, el único que vale. Si bien el gobierno da un premio estatal de periodismo y aunque su intención es encomiable, quizá debió dejarlo fuera de su ámbito de influencia para que aquéllos que fueran justamente galardonados se sintieran reconocidos por la gente a la que se deben y no a un gobierno que, aunque lo hace con la mejor intención, puede poner en duda, por su misma condición de autoridad, la objetividad de los trabajos presentados y su consiguiente premiación en metálico.
Ser libre no es un regalo, es una responsabilidad. En el momento en que escribimos y decimos lo que pensamos, le entregamos a las personas nuestra visión del mundo, somos responsables de ella, aunque ya no nos pertenezca en exclusiva.
México es en estos momentos un país peligroso, hay un riesgo al exhibir, señalar, acusar y de pedir cuentas, existe el riesgo de un perjuicio en nuestro trabajo, en nuestra vida e incluso hasta en nuestra integridad física. A pesar de eso, periodistas valientes defienden con conocimiento de causa que la verdad y la libertad vale el riesgo. Lo es, lo vale y la gente lo sabe. No hay dinero en el reconocimiento, hay una sensación de justicia social.
La verdad es un diamante de muchas facetas. Escogemos una, la limpiamos, la pulimos, la abrillantamos y orgullosamente la enseñamos. Los que deseamos hacerlo, debemos mantener nuestra pureza de carácter y fortaleza de principios, pues solo el diamante pule al diamante. Mientras más seamos, más facetas saldrán a la luz y la verdad brillará como el faro de esperanza que tanta falta nos hace en nuestro amado y dolido país.
A todos aquéllos que valientemente, honesta e íntegramente buscan y expresan la verdad a través de cada nota, fotografía, columna, artículo, blog, redes sociales. A todos aquéllos, gracias por cuidar nuestra libertad, nuestra objetividad y nuestra confianza.



Palabras Altisonantes
