La historia reciente de la Universidad Autónoma de Campeche no es digna de alabanzas.
Su degradación en los años recientes es lamentable y el grado de descomposición pareciera acelerarse si la autoridad no frena de tajo a lo que ahí sucede, no sólo por la imagen y el prestigio de la institución sino también por la confianza social que necesita recuperar en la formación de nuestros jóvenes.
Las instituciones, decía Tomás, no fallan, pero la realidad es que quienes las conducen, hombres y mujeres, sí y eso queda de manifiesto cuando se preocupan más por el prestigio personal o cuando sus yerros tratan de ocultarlos no resolviéndolos.
En los años recientes, José Abud Flores ha sido el único rector que no ha terminado su gestión al ser defenestrado públicamente por la intolerancia de un gobierno impuesto.
Antonio González Curi tiene el privilegio de haber iniciado la degradación universitaria en Campeche. En su gobierno, contrató los servicios de un pseudo líder estudiantil para practicar una asonada a UAC porque el rector no había abdicado a su amistad con Layda Sansores, su adversaria y ganadora de una elección en la que él resultó derrotado.
Eran los días en los que se privilegió el vandalismo promovido por el propio presidente del PRI y se conoció a los miembros del Consejo Universitario: todos sumisos aceptaron la afrenta, avalaron la violación y votaron en contra del rector para complacer la venganza personal del Ejecutivo. Impusieron a un “suplente”, José Rafael Martínez Castro, al que le pagaron el sometimiento con una jugosa jubilación, que hasta hoy cobra.
Pero las afrentas continuaron: se impuso a un rector que no poseía un grado universitario superior al de bachiller, con título legalmente registrado, como lo exige el estatuto universitario. Buena persona y divertido funcionario, Javier Cu Espejo no cumplía esos requisitos. Así siguieron las violaciones visibles.
Durante el encargo de Enna Sandoval Castellanos, debemos decir que no hubo escándalo sonado, los mismos de siempre por la Federación Estudiantil Universitaria, un ente convertido en el brazo político y armado al servicio del poder político y no de la comunidad universitaria. Un verdadero trampolín político priista que se aleja de la universalidad que debiera caracterizarlo.
Sin embargo, en los últimos años los escándalos parecen consolidarse y crecer y en los últimos meses ya no se resiente sólo lo delicado sino también lo frecuente.
En las relaciones humanas y de alumnos y maestros nunca dejará de ser un tema de cuidado. Las cuestiones personales deben ser y tratarse en ese nivel siempre y cuando no afecten el curso diario de las actividades. Los escándalos recientes de acoso sexual, de pretensiones de venganza contra alumnos indisciplinados o contra subalternos no pueden ni deben ser dejados a la especulación. Cuando se habla que un maestro sólo permite buenas calificaciones a alumnos o alumnas que aceptan sus insinuaciones económicas o, el colmo de lo peor, sexuales, ese maestro debe ser suspendido lo mismo que el alumno quejoso. No puede privilegiarse la palabra de uno o de otro menos cuando hay evidencias o quejas reiteradas.
En el nuevo entorno sexual que se vive, es –por desgracia- “normal” que muchos alumnos accedan al camino fácil de comprar su calificación para no cumplir con un compromiso personal educativo. Resulta igual de perverso un maestro que sustituye su dedicación a un alumno con dificultades intelectuales o de concentración por el camino fácil del dinero o del favor sexual.
En el caso de subalternos, el tema es igual de horroroso.
Además, documentos y datos aportados por ex universitarios señalan que uno de los bastiones de la universidad fue su labor en computación y la fortaleza que alcanzó en ese departamento, por lo que resulta, al menos sospechoso, que en lugar de que ese departamento se encargue del delicado tema que incluye las calificaciones, manejo de exámenes y hasta expedientes personales se entregue a un tercero teniendo los elementos propios para consolidarlos con éxito y economía.
La rectora Ortiz Lanz no puede ni debe permitir que temas tan soeces como los aquí expuestos: la muerte sospechosa de un pasante, el despido de una maestra por negarse a cohabitar con su superior, ansias de venganzas, favores sexuales y toda esa degradación, se convierta en un tema recurrente, como ha sucedido. Lo menos que esperamos de una dama no es sólo su gentileza sino su pudor y su compromiso con la decencia, pero sobre todo con la verdad.



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