Raúl Sales Heredia
Palabras Altisonantes
Raúl Sales Heredia
Tiene formación como contador público y se ha desempeñado en diversos campos que van desde la docencia hasta la consultoría financiera, pasando en diversos momentos por el periodismo. Actualmente es vicepresidente de la Fundación Avanza.
@RSalesH

Cinismo

Voces, Martes 10 junio, 2014 a las 1:21 pm

Hemos pasado tantas veces por la misma situación y hemos vivido tantos años inmersos en lo mismo que cuando alguien nos dice que una persona es honesta, lo vemos con absoluta incredulidad y salimos con la generalización de “todos son unos ladrones”, “todos roban”, “todos son iguales”. Nunca damos el beneficio de la duda, nunca juzgamos en base a lo que vemos sino prejuzgamos desde la arraigada idea de que el mexicano es por naturaleza corrupto, transa y flojo.

Si alguno de nuestros servidores públicos termina su encargo y no tiene las enormes cantidades de dinero es por “pen…ejo”, nunca alabamos la honestidad, es más, para muchos es solo una palabra y para otros no se encuentra ni dentro de su léxico.

Tantas veces hemos visto lo mismo que cuando vemos a una persona honesta no la reconocemos como tal y la metemos dentro del mismo saco, no podemos creer que alguien haga su trabajo en base a principios, en base a capacidad, buscando dar resultados. Siempre tenemos que encontrarle algún “pero” y si no le encontramos pues se lo inventamos porque no es posible que alguien así exista.

Si nos lo repetimos diariamente, terminaremos por programar nuestro cerebro y será lo que vivamos. “El que no transa no avanza”, “no me des, ponme donde hay” o la última del alcalde de San Blas “sí robé, pero poquito”. En algún momento incluso escuché el “está bien que roben pero que hagan obras” o sea, que nos frieguen pero nos ayuden.

La corrupción, es cierto que es una lacra pegada en nuestra vida, es un lastre en nuestro desarrollo, son las bofetadas que nos damos todos los días nosotros mismos. Las reformas no servirán mientras no se haga una limpieza a conciencia, mientras la impunidad sea la norma y la cárcel a los corruptos, la excepción a la regla.

Así como nosotros, sociedad, somos corresponsables de la corrupción al dar mordidas, al echar una llamadita al amigo, al no pagar impuestos (nota al margen: a veces no se paga debido a que no se confía que se usen correctamente y acaben en el bolsillo de algún “funcionario” y de esta forma se mantiene el circulo vicioso y la desconfianza), nuestras autoridades deberían crear los mecanismos para regresarnos la confianza.

En estos momentos, tú, lector, debes tener una media sonrisa y me debes de estar diciendo “si ajá, ¿y tu nieve?”, seguramente me estarás tachando de ingenuo, de idealista o ya en eso, quizá hasta absurdo pero, sé que en lo más profundo de ti compartes el hartazgo de que siempre nos vean la cara y de que tengamos que nadar en un sistema que alienta la corrupción como mecanismo de autopreservación.

Quizá te estarás preguntando cómo, nosotros, individuos aislados, podemos hacer un cambio para mejorar si nuestro poder de acción se encuentra limitado. Quizá nuestro poder de acción sea limitado pero nuestro poder de decisión es solo nuestro. Si tú, al igual que muchos, crees que es hora de que la honestidad y la integridad sean las piedras angulares de nuestro sistema político, solo debes empezar contigo, con tus hijos, con tu pareja, con tus proveedores, con tus acreedores. Somos nosotros los que viviremos sabiendo que estamos haciendo las cosas bien, que se pueden hacer bien y entonces, cambiará la forma en que nos vemos, la forma en que nos ven.

Basta de inflar facturas, basta de vender facturas, basta de no saber cuánto entra, cuánto se gasta, en qué se gasta y cómo se aplica el recurso. Si el dinero es público, todo debe ser público. Si quieren trabajar para nosotros deben ser capaces de poner su actuar en una caja de cristal.

Basta de engaño, basta de media verdad, basta de cinismo.