
Dicen que cada nuevo año, las oportunidades de cambiar para mejor, caen del cielo como lluvia y que sólo hace falta extender la mano para agarrar la nuestra. No obstante, algunos seres, solo desean enriquecerse creyendo que el dinero les devolverá el buen nombre que arrastran por la inmundicia de la deshonestidad.
Otros creen que es hora de cambiar de bando y unirse al grupo que creen vencerá. Muy en su derecho y en su “apuesta”. ¿Lealtad? ¿Gratitud? ¿Eso con que se come? Lo anterior me viene a la cabeza mientras estoy en una Posada, en una mesa de amigos cercanos en las que la plática deriva (como siempre suele pasar en esta ciudad) a la política. Pero en este caso, no hablamos de políticos, hablamos de conocidos que se están enriqueciendo a través de transas, a través de venta de facturas de varias empresas, la mitad de ellas fantasma. De conocidos que sin creer del todo los sórdidos chismes que se cuentan reflejan una verdad, enriquecimiento inexplicable en un estado que se dice sin dinero. ¿Nombres? Los tengo, las pruebas son de las que carezco, pues en caso contrario ya estaría levantando mi denuncia, pues es de lo más vil y bajo, robar el dinero público, dinero que debería servir para obras, educación, salud, cultura y seguridad.
Pero hasta cierto punto, los nombres carecen de importancia, sus apellidos quedarán manchados, sus padres y sus hijos se avergonzarán de ellos y todos, todos sabremos que se enriquecieron robando o defraudando al pueblo del que son parte, al que juraron servir, al que le hicieron una promesa.
Lo realmente preocupante es la facilidad con que lo están haciendo. Parece que la corrupción ya es tan parte de nosotros, que no hacerlo, no ser parte del “business” o rehusar un regalito por “el favor” causa extrañeza, incredulidad e irónicamente, resquemor y desconfianza.
La Contraloría superior del Estado debería de tener mucha más fuerza, mucha más libertad, pero a la vez debería ser de una apertura absoluta a que cualquiera de los ciudadanos interesados pudiéramos saber recomendaciones, investigaciones, sueldos, salarios, declaraciones patrimoniales, cuentas bancarias y saldos, costo de adquisiciones, proveedores a los que más se les compra, etc. etc… Nuestra caja de cristal se encontró con la teoría de los cristales rotos por lo que parece. Somos opacos y no obstante, aún creemos ver a través de las personas. Observamos casas, terrenos, autos, viajes y no nos entra en la cabeza como pueden pagarlo de un sueldo honesto. Vemos empresarios que se jactan que con un diezmo hicieron el negocio de su vida, que su amigo, que su primo.
Aquí todos nos conocemos, todos somos parientes, todos somos amigos de alguien, todos hablamos pidiendo un paro, un favor, una chance. Todos somos víctimas y cómplices en una dualidad absurda, terrorífica, inestable.
Dice el dicho que si no eres parte de la solución, eres parte del problema. Es nuestra obligación ciudadana vigilar, exigir, señalar, denunciar y acatar las leyes y cuidar nuestro entorno. Es su obligación como proveedores de gobierno, dar el mejor precio, cobrar en tiempo y forma y pagar impuestos. Es obligación de los servidores públicos servir a la gente con buena actitud, con honestidad, con integridad, con trabajo y cuidar el dinero que con tanto trabajo pagamos.
Pero no todos, algunos servidores sí sirven, trabajan con gusto y son honestos. Algunos empresarios invierten y crecen porque creen en la IP como forma liberadora, creativa, generadora y distribuidora de riqueza. Y algunos ciudadanos nos cansamos de hablarle a la pared aunque nos tachen de románticos, ilusos, ingenuos o incluso, a veces, solo a veces, perfectos imbéciles.
Pero las paredes tienen oídos y así nos demos de cabezazos contra ellas, alguna derruiremos y seguiremos adelante construyendo, creyendo y esperando que quienes tengan el privilegio de decidir para nuestro bien, extiendan la mano y agarren su oportunidad del cielo para cambiar, para mejorar, para ser admirados por cambiar nuestra sociedad.
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Palabras Altisonantes
