
El título nos remonta a la Edad Media, donde los caballeros eran los señores absolutos del campo de batalla, la caballería era la fuerza más importante en sus formaciones y donde la infantería, el soldado de a pie luchaba con denuedo por su señor pero, principalmente por permanecer vivo en una lucha, que en la mayoría de las ocasiones, desconocía el motivo de la misma.
En estos tiempos, nuestros caballeros no son ni más ni menos que todos los políticos que de una u otra forma dan estructura a nuestro destino como país. Mientras, nosotros ciudadanos luchamos con el mismo denuedo por permanecer y vivir dignamente.
Nuestro país está sumido en una crisis de valores, crisis financiera, con la mitad de la población en pobreza dentro de una de las economías emergentes más importantes del planeta.
Asignamos a Educación una buena parte de nuestro presupuesto y nuestra educación como país, en lugar de mejorar, va en picada mientras nuestros líderes sindicales magisteriales, viven a todo lujo.
Tenemos una cantidad impresionante de enfermedades galopando por nuestro territorio y en lugar de unificar y mejorar nuestros sistemas de salud pública, tenemos tres y los tres con problemas que se deben casi en su totalidad, a cuestiones burocráticas.
Y mientras, nuestra espiral de violencia sigue por luchar con el tránsito de veneno en nuestro país, para que los norteamericanos no consuman. Peleamos una guerra con desventaja financiera, de poder de fuego, sin ayuda de los que deberían estar más interesados en ella y aparte se dan el lujo de mandar alertas a sus ciudadanos de que no somos destino seguro.
Y mientras todo se cae en pedazos, nuestros representantes populares le ponen “charolas” a sus Mercedes Benz, se avientan cuatro tequilas y dan nombres falsos, critican el uso de minifaldas, toman fotos, juegan juegos, y viajan con todos los lujos para inaugurar o entregar ayuda social a los más necesitados, personas que será casi imposible, que algún día puedan viajar como ellos lo hacen.
Mientras, nosotros ciudadanos de a pie no sabemos qué hacer, no entendemos la guerra de “nuestros señores”, no entendemos sus movimientos, ni sus acomodos, ni sus enroques.
No entendemos. No nos explican. Y cuando cuestionamos, nos dan vueltas, evasivas, justificaciones absurdas o simplemente (casi siempre) nos ignoran.
El ciudadano de a pie vive día a día, pero lamentablemente estamos perdiendo nuestra esencia, nuestra solidaridad, nuestra capacidad de asombro y nos están convirtiendo en una masa informe, manipulable, que acepta la corrupción como algo común, que ve a los políticos como su modelo a seguir y que si por fortuna encuentra a alguno honesto, no sólo no le cree, sino que lo destroza, pues “todos son iguales” y nosotros queremos ser como ellos.
Dice el dicho “el pueblo tiene el gobierno que se merece”. Este dicho no habla de la fortuna o del destino, habla de la capacidad que tenemos los ciudadanos de a pie de influir positivamente en nuestro entorno.
Pero, para tener una influencia positiva tenemos que informarnos, buscar la mejor forma de ayudar, pero sobre todo, tenemos la obligación de comportarnos de manera correcta para exigir lo mismo. Exigir que expliquen sus ingresos, exigir que los secretarios y alcaldes ganen igual, exigir que los diputados y senadores hagan su trabajo o como a cualquiera de nosotros, se les despida. Tenemos que exigir honestidad y somos nosotros, la infantería, la masa, los soldados de a pie los que ganamos o perdemos guerras, somos nosotros los que decidimos. Somos nosotros los ciudadanos de a pie, los que estamos hartos de que nos vean la cara.
Pero somos nosotros también, los que debemos dar el ejemplo y respetar la ley, para exigirles a ellos, que la cumplan.
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